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  • Rafael Alarcón Herrera

Templarios contra cristianos

Generalmente acostumbramos observar a los caballeros templarios bajo el prisma del ideal: valerosos guerreros de la fe, caritativos protectores de peregrinos, esotéricos buscadores de una espiritualidad trascendente. Pero nunca nos hemos parado a considerar que la Orden del Temple podía tener un lado oscuro y violento, que respondiese a intereses puramente terrenales. Una faceta materialista, que les impulsaba a cruel combate contra sus hermanos cristianos. Actitud que prohibían de forma rigurosa los estatutos de la Orden y que, los caballeros, incumplieron por simples motivos económicos. O al menos, eso parece.

Solo en muy raras ocasiones, y por motivos puntuales, los templarios combatieron contra otros cristianos tratándose de política. Fueron numerosas las veces que la Orden se disculpó ante reyes y nobles, que solicitaban ayuda de sus tropas para guerrear contra otros reinos o poderosos de la cristiandad. Aducían, precisamente, aquella norma de su Regla que les impedía alzar la espada contra otros cristianos. Ello les supuso no pocos roces con los gobernantes de la época, suavizados apenas por su constante disponibilidad como mediadores en estos conflictos feudales, donde se revelaron como hábiles diplomáticos capaces de establecer treguas y concordias entre los mas belicosos señores.

Por el contrario, fueron numerosos los pleitos del Temple, con nobles o con otras Ordenes Militares, que se resolvieron a mano armada. Si nos limitamos tan sólo a los reinos hispánicos del medievo, contamos con tres ejemplos terribles de la violenta defensa templaria de sus intereses económicos durante el siglo XIII.




Castillo de Dos Hermanas, Navahermosa (Toledo), a sus pies los templarios masacraron una tropa de la Orden de Alcántara. Foto cedida por la Hermandad Vieja del Castillo de Dos Hermana.



El primero, en el reino de Castilla, tiene complejos orígenes. En 1195, ante el avance musulmán, la Orden de Alcántara abandonó sin lucha la defensa de Trujillo (Cáceres). Por esta deserción el rey, Alfonso VIII, les quitó varias posesiones; entre ellas, el castillo de Ronda (Toledo), que dio a la Orden de Montegaudio. Pero al año siguiente esta pequeña orden fue anexionada al Temple, y aunque una fracción se opuso los templarios tomaron posesión, por la fuerza, de granjas, castillos, etc. Entre estos el nombrado de Ronda, aunque para complicar mas el asunto el rey dio gran parte del pueblo y sus tierras a la Orden de Calatrava.

En 1221, la citada facción rebelde de Montegaudio fue obligada a integrarse en la de Calatrava. Nuevamente una parte se rebela contra la fusión, se encierra en sus posesiones y hace entrega de ellas a los templarios, alegando aceptar ahora la anexión previa que rechazaron en 1196. Así el Temple entra en posesión legal de Ronda, que ya poseían manu militari, además de El Carpio de Tajo y Montalbán. En esta última fundarán una encomienda poderosa por partida triple: en lo militar con su gran castillo albacar; en lo económico con los pastos, ganados, colmenas y el paso de barcas del Tajo; y en lo espiritual por los célebres santuarios de las Vírgenes Negras de Melque, Novés y Ronda, además de la capilla y fuente milagrosa de San Illán, un donado templario que la leyenda hace hijo de San Isidro y Santa María de la Cabeza presuntos santos templarios de Madrid.

Tanta riqueza, acrecentada con la buena administración del Temple en un lugar estratégicamente enclavado en el camino de Aragón a Extremadura, hizo que los de Alcántara presentasen, en 1237, una demanda ante el rey y el papa por la fraudulenta ocupación templaria. En 1240 la orden de Calatrava se sumó a las reclamaciones, alegando su mejor derecho a través de la anexión de Montegaudio. Para 1243 el tribunal delegado dicta sentencia, dando la razón a los de Alcántara en lo referido a Ronda, que el Temple deberá entregarles de inmediato.

Cuando los de Alcántara se presentan en Ronda a tomar posesión, una fuerte tropa templaria, mandada por los caballeros frey Miguel del Navarro y frey Pelayo Muñiz, les hacen frente. Los del Temple se han reforzado con mercenarios musulmanes, los temibles turcoples, que ayudan a poner en fuga a las tropas de Alcántara causándoles numerosas bajas. Enfurecidos por la humillante derrota ante tales mercenarios, los alcantarinos se dirigieron hacia la granja templaria de Melque, que saquean e incendian en un audaz golpe de mano. Avisada la tropa de Ronda, por la guarnición de Montalbán, persigue a los saqueadores, los alcanza junto al castillo templario de Dos Hermanas y en el arroyo Merlín los masacran sin piedad. En los días siguientes la tropa del Temple recorrió las dehesas de Alcántara, incendiando y saqueando el ganado, hasta considerarse vengados por el asalto a Melque.

Los jueces delegados del pleito se apresuraron a excomulgar al Temple en la persona de su Maestre, pero la Orden contaba con el apoyo del arzobispo de Compostela y se limitó a obstruir el proceso con artimañas jurídicas. A pesar de intervenir el rey Alfonso X y el papa Alejandro IV, no se llegó a nada práctico. De modo que el Temple disfrutó estas posesiones hasta su extinción en 1312.


Castillo de Alconetar (Cáceres), importante encomienda que custodiaba tierras ganaderas y el paso del río Tajo.


El segundo ejemplo de enfrentamientos armados, templarios contra cristianos, parece consecuencia directa del primero. Aunque tuvo lugar en tierras del antiguo reino de León, en la extremeña región de Coria.

Las posesiones de las Ordenes Militares en Extremadura se habían convertido en grandes latifundios ganaderos, que generaban enormes ganancias. Las extensas dehesas alimentaban incontables rebaños trashumantes, al tiempo que eran lugar de paso a importantes vías de comunicación norte-sur, este-oeste, creadas a partir de las viejas calzadas romanas como la Vía de La Plata: imprescindibles para mercaderes, ejércitos, o peregrinos jacobeos. La administración y explotación de tan fabulosos recursos creaba constantes disputas entre los Concejos ciudadanos y las Ordenes, y entre estas mismas. Eran continuos los pleitos por el uso de montes, pastos, caminos, puentes, o mercados, aunque no hay constancia de que hubiese llegado la sangre al río hasta mediados del siglo XIII.

Ya en 1243, tras el descalabro sufrido por los alcantarinos en Ronda, intentaron aquellos impedir el cobro del portazgo templario mediante saqueos, en lugares próximos al castillo y puente de Alconetar: Cañaveral, Garrovillas y otros. Los daños fueron mínimos y la cosa no pasó a mayores. Sin embargo, en 1257, la competencia entre Alcántara y Temple rompió el frágil equilibrio que había mantenido durante años. La causa, dos impuestos relacionados con los ganados y mercancías.

La encomienda templaria de Alconetar cobraba por el tránsito de ganados y mercancías: el pontazgo, por atravesar sus puentes o usar sus barcas; y el portazgo, por usar sus caminos particulares, a razón de un tanto por cabeza de ganado y vehículos. Los demás hacían lo propio, pero parece ser que los caminos mas transitados habían quedado en manos del Temple. Además, la Orden restauró, en 1230 y 1257, el puente romano de Alconetar sobre el Tajo, imprescindible en la Vía de La Plata, con lo cual peregrinos, ganaderos y mercaderes preferían pagar al Temple por cruzar cómodamente el río antes que hacerlo en las lentas barcas-trasbordador de los de Alcántara. Ello, junto con la feria mercado del pueblo de Alconetar y los peregrinos que acudían a la capilla del castillo, para venerar la milagrosa y mágica reliquia del Mantel de la Ultima Cena, hicieron que la presión del poderío templario se hiciese insoportable para la Orden de Alcántara.

Escarmentados por los sucesos de Ronda, los alcantarinos se prepararon a conciencia, decididos a mermar el poderío de sus competidores y, sin duda, deseando vengarse definitivamente de la derrota toledana. El golpe de mano estuvo bien planeado y se hizo de forma sincronizada: a finales del verano de 1257 atacaron tres lugares diferentes, al mismo tiempo, para impedir que pudiesen auxiliarse entre si las respectivas guarniciones. Las víctimas fueron la aldea de Peñas Rubias y el Castillo Bernardo; el pueblo de Peña Sequeros y su Castillo de NªSª de Sequeros; y la villa de Benavente con su Castillo de Benavente de La Zarza. En estos tres lugares, sitos entre los ríos Arrago y Erjas, que hacen frontera natural con Portugal, el ataque fue idéntico: asalto por sorprando a la guarnición en los castillos, para saquear a placer las aldeas y sus granjas. Los de Alcántara actuaron con gran crueldad, dieron muerte a numerosos colonos templarios, incendiaron viviendas y edificios de labor, mataron los animales que no podían trasladar, talaron las dehesas y saquearon los graneros.

Cuando, al cabo de varios días, la guarnición templaria de Alconetar contraatacó, tras haberse reforzado con mercenarios turcoples, arrasaron las posesiones alcantarinas, matando también numerosos peones y algunos caballeros. Además, la tropa templaria que custodiaba el puente fortificado de Alcántara, cortó el paso por dicha vía para incomunicar a sus enemigos y de paso perjudicar su comercio.

Aunque en octubre el rey Alfonso X convocó a las partes ante un tribunal, para dirimir el pleito y depurar responsabilidades por lo que se había convertido en la famosa Disputa de Coria, los ánimos se calmaron tan solo en apariencia, ya que en 1266 los de Alcántara volvieron a la carga. Estos habían recibido el pueblo de Zarza la Mayor, pero quisieron obtener una rentabilidad inmediata de su nueva posesión e impusieron a los pobladores numerosos y elevados impuestos. La respuesta de los habitantes de Zarza no se hizo esperar, tomaron sus enseres y animales trasladándose en masa al vecino pueblo de Peñafiel. Allí se ofrecieron a los templarios como colonos, a cambio de protección y pagando sus cargas, que por supuesto eran mucho mas bajas que las de los alcantarinos.

Cuando la desairada Orden de Alcántara acudió a cobrar se encontró el pueblo abandonado, sin nadie a quien recaudar un maravedí. Sabido el destino de los desertores, no tuvo el Maestre otra ocurrencia mejor que aparejar una hueste guerrera y dirigirse contra la aldea de Peñafiel de la Zarza. Aunque como aquellos estaban prevenidos, se refugiaron en el castillo de Peñafiel y salvaron sus vidas, a pesar de que la aldea resultó saqueada e incendiada. Lógicamente los templarios respondieron en días sucesivos, con mas devastaciones y robos en poblaciones alcantarinas. Mas parece que, a pesar de todo, los ánimos acabaron sosegándose un tanto, bien fuese por una enérgica intervención del rey, o porque el grueso del poderío económico se desplazó hacia las nuevas tierras puestas en explotación en la frontera extremeño-andaluza.


Encomienda y santuario de la Mare de Deu dels Angels, en Horta de Sant Joan (Tarragona), importante centro económico y religioso templario objeto de feroces luchas.


El tercer y último ejemplo de violencia templaria nos lleva hasta el reino de Aragón, a las tarraconenses riberas del Ebro y sus vecinas montañas de Prades. Aquí, los templarios y sus aliados de la familia Moncada se enfrentaron, durante veinte años, con la poderosa familia Entença, en lo que en ciertos momentos se convirtió en guerra abierta.

Las desavenencias comenzaron el año 1279, precisamente por el pago de impuestos a la barca-trasbordador del Ebro, que los templarios tenían en Ascó y que hacía la competencia a la barca que Berenguer d’Entença tenía cerca de allí, en Mora d’Ebre. El tribunal real dio la razón al Temple y el señor d’Entença juró odio eterno a los templarios.

A partir de 1281 los Entença, año si y año no, entraban en las tierras templarias saqueando lugares, talando bosques y huertas, matando o tomando rehenes por los que pedían rescate. Los pueblos de las encomiendas templarias de Ascó y Miravet resultaron asaltados en cada ocasión, con grave quebranto económico para la Orden del Temple. También llegaron a saltear en algunos lugares de la encomienda de Horta de Sant Joan, donde estaba el importantísimo santuario esotérico de la Mare de Deu dels Angels, centro de nutrida peregrinación por la fama mágico-milagrera de su Virgen Negra. Extrañamente, los templarios se limitaron a defenderse y quejarse a la autoridad del rey, pero no contraatacaron.

Hasta que en 1289 demostraron que tanta mansedumbre era solo una máscara. A primeros de agosto los Entença fueron convocados por el rey, Alfonso III, para acudir con sus tropas a guerrear contra el rey de Mallorca, Jaime II. Este era el momento para el que los templarios se habían estado preparando durante ocho años. El Maestre del Temple al frente de cuarenta caballeros, cinco de ellos Comendadores, y tres mil peones, auxiliados por sus aliados los Moncada que aportaron cincuenta y cinco caballeros y mil cien peones, guiados por la bandera blanca y negra de la Orden: el Baucant, entraron el 13 de agosto en las tierras de sus enemigos. Pusieron sitio a la villa de Mora y su castillo, para inmovilizar allí a las pocas tropas que los nobles habían dejado defendiendo sus tierras. Mientras, arrasaban los pueblos los campos de la comarca con la táctica de tierra quemada, para apropiarse de cuanto valioso podían encontrar. Esta orgía de sangre y fuego duró un mes, hasta que mediado septiembre regresaron los Entença de la campaña real y los templarios se retiraron.

El rey se encolerizó al saber tal felonía y abrió diligencias con vistas a un juicio reparador, aunque la Orden del Temple se negó a ninguna avenencia. Alegaba haberse limitado a hacer justicia por todos los ataques previos de la noble familia feudal. Esta ardía en deseos de venganza y, en cuanto se hubo repuesto un poco de sus descalabros, pasó a la acción. En 1291 una tropa de los Entença entró de nuevo en tierras del Temple, que saqueó utilizando la táctica de guerrillas. Auxiliados por tropas de los terribles mercenario almogávares, atacaba por sorpresa, rápidamente, lugares precisos y luego se retiraban con el botín. No obstante los templarios estaban escarmentados y, aunque para protegerse de las iras del rey no devolvieron los golpes, se fortificaron en sus encomiendas. Con una precisa red de vigilancia que avisaba de los movimientos enemigos, se encerraban oportunamente en sus fortalezas y así, durante diez años, rechazaron los sanguinarios ataques de los Entença y sus almogávares. Con esta táctica consiguieron minimizar las pérdidas en bienes y hombres, hasta que en 1300 el rey Jaime II de Aragón promulgó una sentencia salomónica. Según esta, los Templarios debían pagar a los Entença 187.854 sueldos; y los nobles debían abonar al Temple 200.000 sueldos. Con estas cuentas los templarios ganaban tan solo 12.146 sueldos. Pírrica victoria, para tantas vidas y bienes perdidos.

Ante estos hechos cabe formularse una pregunta ¿Es oro todo lo que reluce? ¿Defendían los templarios únicamente sus bienes materiales? ¿Acaso en estas guerras que los enfrentaba con la cristiandad, a la que habían jurado defender, no subyacía otra intención? No podemos dejar a un lado la realidad de que, en los enclaves citados, existían unos lugares de culto muy populares y afamados. Santuarios con famosas reliquias, objeto de tradiciones, leyendas y festejos, que no solo eran parte del patrimonio material de la Orden, sino del espiritual. Con su carga de simbolismo esotérico, parte integrante de la búsqueda trascendente que la Orden del Temple mantenía paralela a la búsqueda del poder material. Sospechamos que, defendiendo la posesión de estos lugares, no solo estaban salvaguardando su economía, sino las raíces mismas de su razón de ser.



La conexión sufí del Temple

Entre las acusaciones contra el Temple estaba la de connivencia con los musulmanes, y si bien es cierto que sus relaciones fueron mas cordiales que con otros grupos cristianos ello no autoriza a tachar a los templarios de traidores. Sin embargo, estos, tuvieron una postura abierta hacia las inquietudes espirituales del Islam y fueron en general bastante tolerantes con sus creencias. Su relación con los musulmanes no fue solo a través de los contactos guerreros en Tierra Santa o España, el Temple contrató mercenarios árabes, los Turcoples; tuvo también siervos musulmanes trabajando sus tierras, y artesanos laborando para sus iglesias y fortalezas. Y, sobre todo, consintió la existencia de grupos de estudiosos islámicos en las comunidades musulmanas que estaban bajo su dominio en España.

Tanto en Extremadura como en Cataluña, Aragón o Valencia, hubo grupos de místicos sufíes, es decir musulmanes retirados de la vida cotidiana y dedicados al ejercicio de la espiritualidad trascendente, de forma muy parecida a la existencia que llevaban monjes y ermitaños cristianos. Este tipo de espiritualidad, que buscaba el contacto directo y personal con la divinidad, superando ritos y fórmulas al uso, fue muy del agrado templario. Los intelectuales de la Orden tuvieron frecuentes contactos con los sufíes, realizando disputas dialécticas que rozaban lo heterodoxo, y llegaron a ofrecer refugio a dichos grupos cuando su esoterismo islámico fue perseguido por los propios musulmanes.

En las tierras extremeñas y catalanas objeto de disputa entre templarios y otras Ordenes, o nobles feudales, existieron varios de esos monasterios o ribbats sufíes protegidos del Temple. Quizá su encarnizada defensa de tales territorios no respondiera solo al poder económico de los mismos, sino también al valor esotérico que como punto de encuentro entre corrientes espirituales contrapuestas tenían para la Orden del Temple.

© 2021 Rafael Alarcón Herrera. Todos los derechos reservados.


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