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  • Rafael Alarcón Herrera

Templarias: las Amazonas de Dios



Doña Azaláis

Entre los muchos secretos, enigmas y mitos atribuidos a la orden del Temple, hay uno especialmente oscuro que ha sido menospreciado de forma habitual por los investigadores, sean esotéricos o académicos. Nos referimos a la posible existencia de una rama femenina de la Orden, a las Templarias. ¿Existieron realmente esas damas, o todo es producto de leyendas posteriores a la extinción del Temple? ¿Por qué algunos historiadores han interpretado tan a la ligera este fenómeno templario, como para afirmar que “las religiosas del Temple no llegaron a constituir verdaderas comunidades y monasterios como los del Hospital y no vivieron sujetas a votos ni a regla especial...?” Todo ello puede deberse tanto a la falta de documentos detallados sobre dicho fenómeno, como a la proliferación de tradiciones populares sobre el mismo donde se entremezclan mitos con realidades históricas.

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Aunque en realidad no es tan difícil arrojar un poco de luz sobre este interrogante templario, basta con dar un vistazo a las Ordenes Militares contemporáneas del Temple y cotejar su organización con la de nuestros caballeros. Simplemente porque todas ellas tuvieron una estructura similar, que en la mayoría de los casos copiaba, o reinterpretaba, el esquema organizativo templario.

Las ordenes de San Juan del Hospital, Santo Sepulcro, Alcántara, Calatrava y Santiago, contaron con una rama femenina habitando en monasterios propios. Y aunque, inicialmente, estas damas estaban sometidas a la autoridad tutelar de la parte masculina de su orden, al poco tiempo la inteligencia y habilidad administrativa de ciertas prioras hizo que fuesen independientes. Dándose incluso el caso, de que algunos monasterios femeninos invirtieran la situación y abarcasen bajo su autoridad a los cenobios de varones, en una especie de matriarcado económico-espiritual. Uno de cuyos ejemplos más destacados, es el de la priora sanjuanista doña Godo Foces, quien a mediados del s.XIII gobernó desde Grisén (Zaragoza) a los miembros de su orden de ambos sexos. Caso que la tradición atribuye también a doña Figueroa, priora templaria del convento del Burgo de Faro (A Coruña), como luego veremos.

Convento de monjas templarias de Salinas de Añana (Álava), el mas antiguo de España.


Precisamente son las hermanas sanjuanistas quienes nos han transmitido el mejor testimonio documental sobre la existencia de comunidades femeninas templarias. En 1537, las Comendadoras de San Juan, de Salinas de Añana (Alava), declaraban que su Convento de Atiega había sido antes de “Monjas Templarias”; que era el más antiguo de España, porque Alfonso VIII de Castilla lo había dado a las templarias en 1167; que las sanjuanistas lo habían heredado de aquellas, en 1312, al ser disuelta la Orden del Temple; y que muchas de sus antiguas inquilinas habían cambiado de hábito para poder seguir en la casa.

Igualmente, por tradiciones documentales de los Frailes Menores de Tineo (Asturias), sabemos que allí hubo un “Convento de Monjas Templarias”, traspasado a los Frailes Menores en el fatídico año de 1312.

Existen además documentos originales, contemporáneos del Temple, que nos permiten conocer la existencia de otras comunidades femeninas de dicha Orden Militar. Diversas donaciones de 1201 citan a doña Urraca Vermuiz, “soror militiae Templi” -”hermana de la milicia del Templo”-, que actúa como priora de las “monjas templarias” de la bailía de Faro (A Coruña), pues aparece comprando unas tierras y recibiendo otras en donación. Y firma los documentos en pie de igualdad con el Comendador y el Capellán templarios de dicha bailía, demostrando una autoridad similar a su mítica antecesora doña Figueroa antes citada y sobre la que hemos de volver al final.

Otras templarias, cuyos nombres conocemos por los documentos medievales, son doña Romana y doña Titborgis, que ingresaron en conventos templarios del Reino de Aragón. O doña Azalais del Rosellón, quien en la bailía de Le Más Deu “se da en cuerpo y alma a Dios y a la santa caballería de Jerusalén, para servir a Dios y vivir sin bienes bajo la autoridad del Maestre. Para lo cual entrega como limosna su feudo de Villamolaque con el consentimiento de sus dos hijos”, 1133.

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En este ejemplo vemos un interesante dato, que contradice las dogmáticas negativas academicistas sobre las templarias. Doña Azalais hace votos explícitos de pobreza, “vivir sin bienes”, y de obediencia “vivir bajo la autoridad del Maestre”, e implícito de castidad, “se entrega en cuerpo y alma a Dios”.

Es mas, hay constancia de que las templarias seguían al pie de la letra las formalidades de la “Regla Latina del Temple” a la hora de ingresar en la Orden, tal como hacían los caballeros. Lo demuestra el caso de la viuda Juana de Chaldefelde, que profesó sus votos ante el obispo Azo de Wiltshire, quien le extendió el necesario certificado con el que se presentó ante el Maestre del Temple y fue admitida.

Además de las comunidades conventuales, los templarios, como en menor medida las demás ordenes, tenían otra modalidad de adhesión: los “donados”. Estos prestaban servicio en la Orden de manera temporal o indefinida y, aunque de carácter laico, en algunos casos podían acabar integrándose en el estado conventual si pronunciaban los votos. Los donados de ambos sexos, que eran práctica común en las organizaciones eclesiásticas del medievo, revistieron en el Temple unos caracteres genuinos. Se constituían en hermandades o cofradías, que en los reinos hispánicos existían en cada encomienda templaria, organizados de acuerdo a normativas propias con modelos uniformes de gobierno.

Los cofrades, como eran laicos, no vestían el hábito templario, pero podían llevar sobre sus ropas la cruz roja de los caballeros para denotar su pertenencia a la orden. Y aunque no pronunciasen los tres votos, se sometían generalmente a los mismos: pobreza, obediencia y castidad, pues lo más común era pasar a vivir en el convento, o en un edificio anejo. En cualquier caso, todos ellos participaban de la protección material y espiritual de los caballeros.

Para ingresar como “donado” había que realizar una entrega de bienes, ya fuese de una sola vez en el acto de admisión, o en pagos anuales, o mediante una cesión testamentaria. Además había que servir a la orden, durante el periodo convenido, con el trabajo personal según las capacidades de cada uno: bien en las tropas o en el trabajo cotidiano. Tanto las “monjas templarias”, como las “donadas”, estuvieron dedicadas a la explotación y administración de los bienes de la Orden. De este modo, la mayoría de los caballeros quedaban libres para entregarse a sus labores guerreras en Palestina y la Península Ibérica.

Donadas célebres fueron, doña María Páez, de Trancoso (Portugal), en 1247. Doña Provença, de Tortosa (Tarragona), en 1226, quien declara en su contrato de admisión: “...dono mi cuerpo y mi alma a Dios y a la casa del Templo ...daré anualmente en la fiesta de Pentecostés una libra de cera sin engaño ...y al morir seré enterrada en el cementerio de la Orden a la que dejaré diez masnudines de oro”. Aquel curioso matrimonio inglés, de mediados del s.XIII, formado por un humilde cura párroco y su “esposa”. O aquella anciana anónima nombrada como “hermana templaria”, que vivía donada con su criada en la encomienda de Payens (Francia) cuando se produjo la supresión del Temple, en 1307; y a la que los administradores del rey redujeron vergonzosamente su pensión alimenticia, primero, para, en 1309, expulsarlas del lugar sin proporcionarles medios para mantenerse.

Extrañamente, en el proceso de disolución de la orden del Temple, entre 1307 y 1312, no aparecen acusaciones contra las Templarias. Habría sido muy fácil para los inquisidores acudir al socorrido tópico del libertinaje sexual entre los caballeros y las hermanas, pero eso no sucedió. Es más, ni las monjas ni las donadas aparecen citadas en el proceso. En cambio, se acusó a los templarios varones de haber tenido trato carnal con unas mujeres sobrenaturales o demonios femeninos, que se les aparecían junto con un gato negro cuando adoraban al ídolo Baphomet. Y aunque la tradición popular se hizo eco, en determinados casos muy puntuales y localmente restringidos, de la fantástica acusación de “cohabitación carnal con diablesas” atribuida a los caballeros, las leyendas populares sobre monjas templarias son positivas y cuando resultan asimiladas a las hadas o genios de la naturaleza lo son por su aspecto benéfico-protector. Tradiciones que confirman, punto por punto, lo reflejado en los escasos documentos conservados.

Cuentan en Grandas de Salime (Asturias), a orillas del río Navia y cerca del convento de damas templarias de Tineo, la leyenda de los Novios de Piedra. Dicen que en el Alto del Acebo tenía su palacio un moro padre de cierta hermosa doncella, la cual acostumbraba peinar sus rubios cabellos en la fuente de un cercano bosque. Allí la encontró un joven cazador, cristiano, que prendado de ella insistió en visitarla hasta que, sorprendido por el padre fue apresado y convertido en esclavo. Como criado de palacio, el joven encontró ocasiones de continuar viendo a su enamorada, con cuya ayuda se fugaron ambos. A punto de ser atrapados por sus perseguidores, la bella musulmana lee un librito de fórmulas mágicas, se abre una roca y allí dentro se refugian los perseguidos enamorados. Rueda la peña por una ladera hasta detenerse a las puertas de la iglesia de San Salvador, en Grandas, donde la mora lee sus fórmulas del revés y sale de la roca, aunque el mozo queda dentro porque Dios no aprobaba semejante unión. Pidió la joven asilo en el convento templario y estudió la fe cristiana mientras servía a las monjas, hasta que el día de su bautizo se abrió la piedra y salió el joven caballero. Contrajeron feliz matrimonio y cuando, al cabo de muchos años, ella quedó viuda, volvió al convento para tomar los hábitos de monja templaria muriendo luego muy santamente. Con la roca mágica, se hizo la hermosa puerta norte de la iglesia, a cuyos lados colocaron sendas esculturas del apuesto caballero y la mora que llegó a monja templaria con fama de santa.

Al margen de sus connotaciones míticas sobre las hadas y genios de los bosques y las aguas, la leyenda refleja el prototipo de dama medieval que se hace “donada” del Temple, primero, y que en su viudedad entra como “monja templaria”, buscando la protección y el estatus social que la orden proporcionaba a los suyos en esta época incierta e insegura, a cambio de proporcionar prestigio a la comunidad con su ejemplar vida de santidad.

Otra leyenda, de muy distinto signo, nos muestra de que pasta estaban hechas estas mujeres del Temple. Capaces no sólo de administrar los bienes, materiales y espirituales, sino de defender ambos como el más aguerrido varón de la época.

Convento de San Francisco, Betanzos (A Coruña), donde habitó y llegó a ser priora templaria la Dama Figueroa.


En el que fue importante puerto templario de Betanzos (A Coruña) cuentan la historia de la dama Figueroa, bella y noble moza que libró a Galicia del vergonzoso “Tributo de las Cien Doncellas”. En la parroquia de Sarandons, ayuntamiento de Abegondo, existe una torre con el nombre de “Peito Bordel”, torre del oprobio, porque allí encerraban a las jóvenes destinadas al citado tributo. Sucedió una vez, que tocó en suertes a un hidalgo viudo, que había profesado de templario, el entregar a su hija como parte del tributo. Desesperaba el hombre de salvarla, cuando esta intervino proponiendo un ingenioso plan para deshacerse de tan deshonrosa servidumbre hacia los musulmanes. Los caballeros templarios, como expertos hombres de armas, deberían camuflarse entre las doncellas convenientemente disfrazados y con el rostro velado. Los demás hombres capaces de luchar se camuflarían de inofensivos criados, unos, emboscándose el resto en un espeso figueral, -o sea, un bosquecillo de higueras-, que rodeaba la torre de “Peito Bordel“. Cuando llegaron los confiados moros, entre los disfrazados templarios y los emboscados caballeros acabaron con la tropa musulmana aunque estos los superaban en número. Y como en tan feroz combate todos los brazos eran pocos, la valiente hija del templario, erigida en capitana de las doncellas, arremetió contra los enemigos armada con una rama de higuera cual si blandiese la mas afilada espada. Por aquella acción, la noble dama recibió del rey el derecho a blasón propio, consistente en una rama de higuera en campo de plata. Adoptando, además, para ella y sus descendientes el apellido “Figueroa”. Y dice la leyenda, que en su madurez dama Figueroa entró monja templaria en el cercano convento del Burgo de Faro, junto con algunas de sus heroicas compañeras de la batalla del “Figueiral de Peito Bordel”. Cuentan que llegó a priora, gobernando con sabiduría y mano de hierro su convento hasta alcanzar justa fama por la riqueza y santidad de aquella casa.

Pero no solo fue en el ámbito de la leyenda donde las templarias alcanzaron esa “justa fama”. La historia y los documentos nos han dejado constancia de dos hermanas francesas que alcanzaron la santidad de los altares dentro de la Orden del Temple. Su padre, el noble Eudes de Saint-Amand luchó como donado del Temple en Palestina; hijo de este y hermano de aquellas fue Odón de Saint-Amand, que llegó a obtener el cargo de 7º Gran maestre del Temple y murió prisionero en Damasco, al negarse a ser rescatado pues lo prohibía la Regla Templaria.

Con estos ejemplos, y el de su madre, que también acabó abrazando la vida religiosa, las jóvenes doncellas Matea y Flandrina estaban predestinadas para la santidad. Casaron con nobles caballeros, pero en su viudedad entraron como donadas en la orden del Temple, aunque llevaron una vida idéntica a la de las monjas templarias respetando los votos tan rigurosamente como si los hubiesen jurado. Ejercieron ambas una virtud militante, dedicadas a la caridad y cuidado de los mas necesitados, labor en la que no escasearon los milagros. Prodigios que se acrecentaron tras su muerte, de modo que sus sepulcros se convirtieron en lugar de peregrinación y culto, por ello fueron incluidas en el santoral del Temple, primero, y en el del Cister, después. Y a pesar de que tras al destrucción de la Orden sus nombres fueron borrados de los santorales oficiales, el pueblo llano siguió venerándolas como intercesoras prodigiosas.


En Echano (Navarra) se encuentra la tumba de una monja templaria con fama de sanadora, a la que durante muchos años veneraron por santa nombrándola Arpeko Saindua: la santa de la cueva, o Lezeko andrea: la señora de la caverna, porque en una vivió como ermitaña.


Muchos otros ejemplos podrían citarse, como el de aquella templaria de Echano (Navarra). Cuya abandonada tumba podemos ver en una ermita ruinosa cercana a la iglesia del Temple. El pueblo la veneró por su fama de sanadora, nombrándola como “Arpeko Saindua”, la santa de la cueva, o “Lezeko andrea”, la señora de la caverna, porque vivió como ermitaña y porque la asimilaron a la vieja diosa vasca de la naturaleza: Mari o Maya. Pero basten estos pocos ejemplos para ilustrar tan desconocido aspecto de la Orden del Temple. Y desmentir de paso la injuria de “machistas” que muchos investigadores, poco rigurosos, han querido añadir a las infamias de quienes destruyeron la Orden por mezquindad y afán de rapiña. Pues no sólo es cierto que los templarios buscaron y apreciaron la aportación femenina en el plano socio-económico, lógicamente dentro de los límites de su contexto cultural, sino que todavía está por explorar el enigmático papel que “donadas” y “monjas” Templarias jugaron en la formación y desarrollo del componente esotérico del Temple.


© 2021 Rafael Alarcón Herrera. Todos los derechos reservados.

Publicado: Rev. Año Cero nº117, Abri