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  • Rafael Alarcón Herrera

¡Santiago y cierra, España!

Actualizado: 25 jul


La aparición de una lluvia de estrellas indicó al eremita Pelagio y al obispo Teodomiro dónde se encontraba el arca con el cuerpo de Santiago. (Relieve en Catedral de Santiago, Compostela).
La aparición de una lluvia de estrellas indicó al eremita Pelagio y al obispo Teodomiro dónde se encontraba el arca con el cuerpo de Santiago. (Relieve en Catedral de Santiago, Compostela).

Extracto de “ A la sombra de los Templarios. Los enigmas del Camino de Santiago”, pp. 38-40. © 2022 Rafael Alarcón Herrera. Ilustraciones de Patricia R. Muñoz incluidas en la obra.


«[../..] Y ya desde estos primeros años parece probada la existencia de peregrinos lejanos, entre los que no debemos pasar por alto a uno bien célebre, que según la leyenda del “Pseudo-Turpín” arribó a Compostela entre los primeros. Dicha historia, recogida en el Libro IV de Códice Calixtino (s.XIII), nos cuenta que el emperador Carlomagno, una noche, comenzó a sentirse intrigado por un camino de estrellas que contempló en el cielo y que, desde los mares de Frisia pasando por las Galias y Navarra, finalizaba en el Finisterre hispano. El emperador “de la barba florida” se preguntaba qué podía significar tal visión, en la que antes nunca había reparado. Entonces tuvo en sueños una revelación de Santiago, que le dijo: “El camino estrellado que has visto en el cielo significa que marcharás a Galicia al frente de un gran ejército, para librar mi sepulcro del dominio sarraceno y que, después de ti, todos los pueblos irán allí en peregrinación pregonando las maravillas de Dios, hasta la consumación de los siglos”. Luego relata cómo Carlomagno, tras múltiples peripecias, derrota a los ejércitos musulmanes y se postra ante la tumba sagrada, enriqueciendo la basílica compostelana con el oro del botín y los tributos. Como corolario, convierte la ciudad rebelde de Lucerna, último reducto sarraceno, en una gran laguna de aguas negras y a sus habitantes en peces[1]. Tras lo cual, el emperador del único país medianamente civilizado de Occidente regresa a su tierra. A su muerte, sobre el relicario que contienen sus restos se graban dos regueros de estrellas, en recuerdo de esta peregrinación y en 1165 Federico Barbarroja ordena la canonización de Carlomagno…[2]»



«En esta frontera imprecisa entre la historia y la leyenda, donde todo es relativo, tiene lugar un hecho decisivo: la mítica batalla de Clavijo[3]. En ella, supuestamente ocurrida el 844, Ramiro I de Asturias entabla combate con Abd al-Raḥmān III. En lo más recio de la contienda y cuando el empuje musulmán está a punto de arrollar al ejército cristiano, aparece un guerrero resplandeciente, a lomos de un blanco caballo y blandiendo una espada de fuego con la que acomete a los infieles. Animados por el celeste caballero y al grito de “¡Santiago y cierra, España!”, los cristianos recobran sus fuerzas, hacen terrible mortandad entre los sarracenos, los ponen en fuga y quedan por dueños del campo a la par que libres del ominoso “tributo de las cien doncellas”.

El guerrero celestial de Clavijo no era otro que el apóstol Santiago, al cual por esta mítica batalla póstuma, que carece de todo fundamente histórico, le valió ser nombrado protector y patrón de España, a la par que su fama se extendía por los confines del orbe cristiano. La actuación gustó tanto, que Santiago “matamoros” realiza una tournée por las batallas de la época, apareciéndose eficazmente en las de Piedrahita (959), Coímbra (1064) y Ciudad Rodrigo (1173), entre otras.

Los martirologios difunden con rapidez el culto extraordinario que se le rinde en Compostela y, casi de forma simultánea, se estructura una ruta de peregrinación basada en los monasterios mozárabes –hasta que lleguen los benedictinos del año 1000–, acudiendo las gentes en oleadas cada vez más numerosas, incluso desde el mundo musulmán. Así, en 845, el poeta y filósofo árabe Algacel[4] se convierte en el primer cronista de la peregrinación jacobea:

Su Kaaba es un ídolo colosal que tienen en el centro de la iglesia; juran por él y desde las partes más lejanas, desde Roma lo mismo que desde otros países, acuden a él en peregrinación y pretenden que la tumba que se ve dentro de la iglesia es la de Santiago, uno de los doce apóstoles y el más querido de Isa; desciendan sobre él la bendición y el saludo de Dios y sobre nuestro Profeta…” »


«El año 847 muere el obispo Teodomiro y es sepultado en la pequeña iglesia compostelana, lo cual da idea de la creciente importancia del lugar[5]. Importancia aumentada por el traslado de la sede episcopal, hacia 858, desde Iria Flavia a Compostela a causa de las amenazantes incursiones de los vikingos por las costas gallegas.»

«El pequeño santuario de Alfonso II fue pronto insuficiente para atender tantos peregrinos, lo que decidió al rey Alfonso III el Magno a construir un templo mayor, consagrado en 899, de estilo mozárabe. Pero el 10 de agosto del 997, como confirmando los temores del “milenio” y de su anticristo, Almanzor (938-1002) llega a Compostela, arrasa la ciudad, destruye el santuario y da de beber a su caballo en la fuente bautismal del templo jacobeo. Aunque, según la leyenda, respeta el sepulcro de Santiago, ante el que experimenta un temor reverente.»

«La realidad es que Almanzor destrozo todo el interior del edículo apostólico, según se ha podido constatar en las últimas excavaciones realizadas. Y si el cuerpo santo pudo salvarse fue gracias a que el obispo don Pedro Mezonzo, que luego fue santificado, había huido con las reliquias y el tesoro del templo en cuanto supo que el caudillo árabe amenazaba la ciudad. Aunque la Crónica Silense, la Historia Compostelana, y los propios cronistas árabes digan lo contrario, pretendiendo deslumbrarnos con “la piedad jacobea” de Almanzor.»

«Entre el botín de esta razzia figuraban, de vuelta a Córdoba, las campanas del santuario, transportadas con el esfuerzo de cristianos cautivos, las cuales fueron depositadas en la Gran Mezquita[6]


«Don Pedro Mezonzo regresa y restaura el templo como mejor puede. A mediados del siglo XI el obispo Cresconio fortifica la ciudad; aumentan los peregrinos y con ellos las donaciones, por lo que el obispo Diego Peláez, con el respaldo del rey Alfonso VI, inicia en el 1075 las obras de la actual catedral románica, acabada bajo el mandato de Diego Gelmírez hacia 1128.»

«Así, para el siglo XII, los ensayos han finalizado, los actores han aprendido bien su papel, los decorados están dispuestos en su lugar, los organizadores han vendido todas las entradas y el público espera. Se levanta el telón y el gran teatro de las peregrinaciones jacobeas comienza…

Pero no todo es tan sencillo. Para llegar a este punto de reconocimiento universal de Santiago, como evangelizador y protector de España, hay que recorrer un largo camino no siempre recto y despejado. Un camino sinuoso, propicio a las emboscadas del sincretismo.»


NOTAS:

* En el texto original las notas poseen una numeración diferente a la de este extracto.

[1]. Existen leyendas similares, de ciudades sumergidas en una lucha pagano-cristiana, en diversos puntos de España, especialmente en zonas de ocupación céltica, tales como Doniños (A Coruña), y San Martín del Lago de Castañeda (Zamora). Leyenda repetida en Las Mil y Una Noches. [2]. La leyenda aprovecha aquí la cronología coincidente de algunos personajes históricos para tomar visos de realidad: Carlomagno (742-814), Alfonso II el Casto (791-842), León III papa (795-816). [3]. La leyenda sobre la batalla de Clavijo y el “Voto de Santiago” fue posiblemente inventada y desarrollada por el obispo Don Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247), organizador y cronista de la cruzada contra los almohades que culminó en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). [4]. Yahya ben Alhacam, Algacel, natural de Jaén y contemporáneo de Alfonso II el Magno (866-910). No debemos confundirlo con el otro Algacel (1058-1111), filósofo, historiador, y poeta de Persia. [5]. La existencia histórica de Teodomiro, que había sido negada oficialmente al no existir testimonios documentales, quedo probada con la aparición de su lauda sepulcral en las excavaciones de la catedral compostelana. [6]. En 1236 Fernando III el Santo conquista Córdoba y, en simbólica revancha, devuelve a Compostela sus campanas con el esfuerzo de musulmanes cautivos.

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