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  • Rafael Alarcón Herrera

Mezonzo: belleza de la santa geometría.



En un monasterio galaico profesó, el 952, cierto joven de veintidós años llamado Pedro, quien llegó a santo con el apellido del lugar donde entró en religión: san Pedro Mezonzo (930-1003). Su brillante trayectoria, eclipsó la del lugar en que ejercitó intelecto y espiritualidad durante sus años mozos. De Mezonzo (A Coruña) salió Pedro para Sobrado, a ser abad (966), y Antealtares (975), para ascender luego a obispo de Iria Flavia y Compostela (985), donde salvaría el sepulcro de Santiago durante la razzía de Almanzor. Autor de la Salve Regina, como invocación ante los peligros musulmanes y normandos, fue también infatigable predicador contra el pánico mileniarista, propagado por los seguidores de Beato de Liébana.

El monasterio donde oró y estudió Pedro Mezonzo, no es el que ha llegado hasta nosotros, sino una versión posterior. Sus orígenes son inciertos, como todo en esa edad de transición, cuando el Imperio romano se disgrega mientras cambia de religión como quien cambia de camisa. Parece que, entre los siglos VI a VIII, se levantó aquí algún tipo de templo sobre un santuario celto-romano dedicado a los genios de las aguas. A fines del s.IX, quizá por la fama adquirida por la “Fuente Santa” y sus aguas “milagrosas”, se creó el cenobio familiar, dúplice, de Monsontio –o Monte Santo- bajo el mandato benedictino del abad Reterico.

En el s.XII pasó a la obediencia del Cister, y en 1200 el viejo templo, con su monasterio, fue reformado. Bajo la advocación de Santa María de Mezonzo, se levantó el edificio románico que hoy vemos, con un elegante claustro del que, por desgracia, solo quedan los cimientos junto a la fachada sur, entre cuyas piedras todavía brota la vieja fuente céltica, habitada por una bella ondina. Ante ella, paseando por el claustro, los monjes declamarían las palabras de san Bernardo dedicadas a Nuestra Señora: “María ...tan grande acueducto que sobrepasase los cielos y pudiese llegar a aquella vivísima fuente de las aguas que está sobre los cielos... ¿Cómo llegó este nuestro acueducto a aquella fuente tan sublime? ...según está escrito: la oración del justo penetra en los cielos. ¿Quién será más justo si no lo es María?”. El nuevo templo, plenamente integrado en la “estética cisterciense”, basada en la pureza y simplicidad de líneas, con un simbolismo geométrico alejado de toda ornamentación figurada, responde a la orientación elaborada por san Bernardo de Claraval.

Un personaje bien curioso, este Bernardo, con una concepción neoplatónica del alma aunque despreciaba a Platón; que predicaba la desnuda pureza arquitectónica, rayana en la herejía iconoclasta, al tiempo que sostenía la tesis del herético Orígenes, sobre el valor de la “revelación verbal”, exégesis alegórica, de los textos bíblicos; y discurría sobre el “amor físico” como espejo del “amor divino”, mediante el equívoco texto del Cantar de los Cantares, libro “sagrado” en el que no aparece el nombre del Dios ni una sola vez... Pero que Bernardo interpreta alegóricamente, utilizando el herético método de Orígenes. Un Padre de la Iglesia que dudaba de la Inmaculada Concepción, y era contrario a la idea de Asunción de María... Aunque ayudó a propagar el culto popular a la Virgen. Un místico, sensible y pacífico, que sin embargo era acérrimo partidario de la “doctrina de las dos espadas”, que defiende el derecho de la Iglesia a emplear los ejércitos seglares, lo que desembocó en su patrocinio de la Orden del Temple, los primeros monjes-soldado.

Bernardo partía de un espíritu de pobreza y ascetismo totalmente rigurosos, para predicar su “iconoclastia”: los gastos en figuraciones, pintadas o esculpidas, son un derroche inútil del pan de los pobres; los monjes no precisan de esas imágenes para reflexionar sobre la ley del Dios, deben hacerlo a través de la escritura, las figuras solo son una distracción vana y el goce sensible es contrario al espíritu de la vida monástica. La desnudez del templo cisterciense traduce el voto de pobreza, entendido como una mortificación de los sentidos que favorece el perfeccionamiento de la contemplación.

San Bernardo, que conoce la naturaleza humana, propone a los monjes, y solo a ellos, una piedad intelectualizada basada en la meditación de la ley divina, más allá de los sentidos. Por lo tanto no se trata de iconoclastia, sino de una regla ascética, y sólo para quienes han elegido la vía de perfección. Regula un arte que se aparta de la curiositas y se conforma con la necessitas, enemigo de lo superfluo y conforme a la razón. Por eso, admite las imágenes, que instigan a la devoción, en las catedrales y pequeños templos visitados por gentes sencillas e iletradas.

El templo de Mezonzo –Monsontio- es un hermoso ejemplo de esta teología, el ábside triple y sus tres naves, simbolizan la Trinidad, sin mas adorno que el juego de volúmenes mediante las diferentes alturas de sus módulos, el rosetón lobulado, las chambranas y cimacios ajedrezados, o los arquillos de tradición lombarda. Todo parece responder al concepto medieval que parte del Libro de la Sabiduría (XI, 20): “Dios lo ordenó todo por medida, número y peso”, lo que san Agustín traducirá en “modo, forma y orden”.

Sus tres portadas son igualmente sencillas, tan sólo la sur se permite la alegría de unos arquillos lobulados, similares a los que encontraremos en otros tantos templos gallegos y en algunos leoneses. En las demás entradas, lo único destacable son varias columnas reutilizadas del primitivo templo celto-romano. Los capiteles de todas ellas, aluden a la Naturaleza a través del mundo vegetal, porque la estética medieval es simultáneamente realista y simbolista, cualquier cosa puede ser considerada como cosa creada y como alegoría de lo divino.

A la humanidad medieval, el universo creado se le presenta como un decorum simulacrum del Dios, según expresión del “judeoconverso” Pablo de Tarso: “Porque las perfecciones invisibles de Dios, como su eterna potencia y su divinidad, se hacen visibles, desde la creación del mundo, en las cosas que han sido creadas” (Romanos, I, 20). Como la amorosa voluntad del Dios se reconoce en todas partes, las cosas poseen una doble belleza: como existentes en sí, en cuanto criaturas, y como signos en los que se descifra la belleza absoluta del Creador.

Sin embargo, los templos cistercienses no están exentos de imágenes. Aunque sea en escaso número, como algo testimonial, entre los capiteles vegetales se cuela siempre alguno figurativo. Porque, a pesar de todo, la visión de Dionisio el Areopagita difundida por el abad Suger de Saint Denis (Francia), está profundamente enraizada en la mentalidad medieval: “Todo lo que existe, de las almas a las piedras, es una cristalización de la efusión iluminadora del Bien. Las imágenes tienen un papel santificador, nos elevan espiritualmente de lo sensible a lo inteligible, y de las imágenes sagradas y simbólicas a las cumbres de las jerarquías celestiales”. Ni los monjes, ni los canteros, podían sustraerse a este mensaje. . Salud y fraternidad.

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© 2009. Rafael Alarcón Herrera. Todos los derechos reservados.


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