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  • Rafael Alarcón Herrera

Los templarios españoles no se rinden


Un caballero arrodillado con su caballo antes de emprender las cruzadas. Su sirviente inclinado sobre la torreta con su casco de maestro. Del Salterio de Westminster, BL Royal MS 2 A xxii f. 220

En España la supresión de la Orden del Temple, entre 1307 y 1312, tuvo unas peculiaridades que, una vez más, hizo que fuésemos diferentes al resto de nuestros vecinos geográficos, dando lugar a un enigma histórico todavía sin resolver. En Francia, los templarios se entregaron sin resistencia a los agentes del rey, Felipe IV «el Hermoso», que fueron a detenerlos el 13 de octubre de 1307. Consideremos que en Francia se calcula que habría unos 15.000 caballeros templarios, aparte los servidores tanto militares como civiles, y sin embargo la única resistencia presentada fue pasiva: huir antes de la detención, no presentarse a las citaciones de interrogatorio y juicio, escaparse de las cárceles para marcharse vivir en la clandestinidad de los bosques y las cuevas, o emigrar a otros reinos menos predispuestos contra ellos.

En el resto de Europa se presentaron ante las autoridades eclesiásticas o civiles, permaneciendo en libertad, bien confinados en sus conventos, o siendo encarcelados por breve tiempo, mientras se celebraban los concilios provinciales para decidir en última instancia sobre el destino definitivo de la Orden del Temple.

España fue el único lugar donde los templarios opusieron una resistencia armada, realmente seria, ante los requerimientos de las monarquías a entregar sus posesiones y ponerse bajo la custodia de los funcionarios reales. Lo que es más curioso, el pueblo apoyó la lucha de los caballeros ayudándoles en su resistencia. Y lo que es más grave, a los monarcas les pareció normal esta reacción del Temple, hasta el punto de que una vez detenidos no sufrieron castigo por oponerse a las órdenes reales.



Vista norte del castillo de Montalbán, en San Martín de Montalbán. Toledo.
Vista norte del castillo de Montalbán, en San Martín de Montalbán. Toledo. Foto : Página de Facebook "Visitas guiadas al Castillo de Montalbán" @visitasculturalesmontalban 

Tanto en el castillo de Montalbán (Toledo), (Sobre estas líneas) como en Cantavieja (Teruel) se hicieron fuertes los templarios y solo se rindieron ante la falta de agua o alimentos.

✠ ✠ ✠ La leyenda Áurea

La valiente y, frecuentemente, heroica resistencia de los templarios ante el ataque de los tropas reales que iban a prenderlos dio origen a toda una serie de leyendas y tradiciones en las que habitualmente aparecen como mártires de su fe y sus ideas, puesto que el pueblo simbolizó en ellos, sublimándolo, su propio anhelo de justicia y libertad frente a la opresión de los monarcas, los señores feudales y el clero. Para las gentes sencillas los templarios, injustamente acusados como saltaba a la vista, al enfrentarse a los poderosos del siglo y sucumbir por mantener su inocencia, aparecían como unos mártires de la justicia que podían perfectamente ser asumidos como un ideal.


Dos núcleos principales de resistencias destacan en nuestro país: Castilla y Aragón.

Castillo de San Vicente. En Hinojosa de San Vicente. (Toledo)
Castillo de San Vicente. En Hinojosa de San Vicente. (Toledo)
En la «Torre sangrienta» del castillo de Jerez de los Caballeros (Badajoz) fueron asesinados los pocos templarios que resistieron al asedio real. Refugio más seguro a los rebeldes ofreció el castillo toledano de San Vicente (sobre estas líneas), levantado sobre un santuario que los celtíberos dedicaron a la Madre Tierra.

El 22 de noviembre de 1307, la bula «Pastoralios praeminentiae» legaliza la detención de los templarios y la incautación de sus bienes. En 1308, tras la promulgación de la bula «Regnans in coelis», el 12 de agosto, anunciando la próxima celebración de un concilio en Vienne, el papa envió a los monarcas españoles una orden pontificia con la orden de requisar los bienes templarios y proceder a la detención provisional de los caballeros en espera del proceso y las conclusiones del Concilio de Vienne. No debió surgir gran efecto la citada orden, porque a finales del mismo mes el papa se vio obligado a enviar a Castilla su bula «Ad omniun fere notitiam», conminando al rey Fernando IV «el Emplazado» para que detenga a los templarios y secuestre sus bienes. Ante este verdadero ultimátum papal, el rey ordenó a los templarios la entrega de las fortalezas de Ponferrada, Alcañices, San Pedro de Latarce y Faro, que éstos habían puesto en manos del infante don Felipe, hermano del rey y amigo de la Orden, pensando que así las ponían a salvo puesto que no tendrían que entregarlas a la corona. Sin embargo, la protesta del hijo del rey, el infante don Juan, que se creía con derecho a poseer Ponferrada en caso de abandono templario, junto con los sucesos de Francia y los apremios pontificios, empujaron a Fernando IV para apoderarse de las citadas fortalezas, al tiempo que exigía al Maestre del Temple la entrega de Jerez de los Caballeros, Montalbán, Badajoz, Burgui-llos, Alconchel y Fregenal, con todas sus posesiones. No obstante, como Fernando IV estaba empeñado en la guerra contra el reino musulmán de Granada, para lo cual se había aliado con Jaime II de Aragón —llegando el castellano a poner sitio a Algeciras mientras el aragonés hacía lo propio con Almería—, el asunto de los templarios quedó en segundo plano, facilitando que los caballeros se encastillaran en diversos lugares oponiendo tenaz resistencia a las tropas del rey, e incluso realizando algunas incursiones por el territorio. Como la efectuada, con la ayuda de templarios portugueses, contra La Puente de Alcántara, de la que se apoderaron reteniéndola durante tres meses para permitir el paso entre los reinos de Castilla y Portugal de misteriosos convoyes transportando ignorados cargamentos. Finalmente, las fuerzas combinadas de la Orden de Alcántara y los Concejos de Plasencia y Cáceres consiguieron recuperar tan estratégica posición tras feroces combates, con grandes pérdidas por ambos bandos.


Vista suroeste de la Torre templaria y el pueblo medieval de Malamoneda, en Hontanar. Toledo. Foto. © 2021 ImagenDeath

Por otra parte, los templarios se hicieron fuertes en sus castillos de Alcañices y Alba de Aliste (Zamora, encomienda de Tábara), Villalba, San Vicente, Bayuela y Malamoneda (Toledo, encomienda de Montalbán), así como en los extremeños de Capilla, Almorchón, Valencia del Ventoso, Burguillos, Alconchel, Alconetar y Jerez de los Caballeros, amén de otras poderosas fortalezas del reino, como Aracena (Huelva) o Santorcaz (Madrid), donde se mantuvieron hasta el año 1310 cuando el Concilio de Alcalá de Henares, celebrado en julio, los absolvió y declaró inocentes de todos los cargos en reserva de lo que decidiera el Concilio de Vienne (celebrado en 1312).

La tradición popular quiere que estas acciones de resistencia se saldasen muchas veces con un asalto final, por parte de las tropas reales, en el que perecieron la mayor parte de los caballeros luchando heroicamente, siendo el resto degollados cruelmente tras la inevitable rendición. Con lo cual, en la mentalidad del pueblo, se equiparaban estos combates con los realizados tiempos atrás en Tierra Santa, durante las cruzadas, donde tantos templarios murieron heroicamente defendiendo ciudades y fortalezas del ataque de los musulmanes, a los que en esta ocasión son asimiladas las tropas reales.

Es el caso de Jerez de los Caballeros y su «Torre Sangrienta» o «de la Matanza», donde fueron masacrados el comendador fray Juan Becheo y los caballeros supervivientes de la guarnición, al menos según la leyenda, proporcionando tema para fantasmales apariciones de templarios en busca de sus caballos, blandiendo inmateriales espadas vengadoras.

Por lo que respecta a la Corona de Aragón, la resistencia se centró principalmente en unos nueve castillos, aunque existieron muchos otros focos de rebelión.



Jerez de los Caballeros y su «Torre Sangrienta» o «de la Matanza»
Jerez de los Caballeros y su «Torre Sangrienta» o «de la Matanza»

✠ ✠ ✠ Focos de resistencia

El 16 de octubre de 1307, a los tres días de la redada efectuada en Francia por los agentes del rey, Felipe IV «el Hermoso» escribió a los monarcas españoles aconsejándoles que hicieran lo propio con los templarios de sus estados, por el grave peligro que, según él, éstos representaban para sus monarquías. Los reyes peninsulares, sin embargo, salvo el de Navarra, que era hijo primogénito del francés y los detuvo el 23 de octubre, no procedieron inmediatamente contra la Orden, como ya hemos visto, hasta recibir diversos apremios y requerimientos pontificios.

Jaime II de Aragón estaba en el mismo caso que Fernando IV «el Emplazado»; aliado con el castellano contra los musulmanes de Granada, el sitio de Almería requería toda su atención, manifestando por tanto cierta dejación en el asunto templario que facilitó la rebeldía de éstos, haciendo posible que se encastillaran en Peñíscola, Ascó, Alfambra, Cantavieja, Villel, Castellote, Miravet, Monzón y Chalamera, y presentaran resistencia en otros puntos del reino. Ya que, a pesar de que el 1 de diciembre de 1307 se impuso la razón de Estado y el rey decidió la detención cautelar de los templarios con la incautación de sus bienes, no sería hasta enero o febrero de 1308 cuando las tropas reales decidieron poner sitio a los castillos de la Orden, una vez recibida la bula «Pastoralis praeminentiae» y los apremios papales posteriores.


Peñíscola (Castellón), fue la primera fortaleza en rendirse, hacia mediados de enero de 1308, debido quizá a que los freires que la ocupaban estaban divididos sobre la actitud que debían tomar ante los requerimientos del rey.

Ascó (Tarragona), resistió hasta febrero de 1308, debiendo capitular por falta de víveres y el lastimoso estado de los caballeros, casi todos heridos de gravedad. Alfambra (Teruel), sufrió las mismas disensiones que obligaron a rendir la guarnición de Peñíscola, pero aquí, mientras unos caballeros se entregaron voluntariamente a mediados de enero, otros resistieron hasta el 16 de mayo de 1306, en que las malas condiciones de los sitiados impulsaron a su comendador Berenguer de Olmos a la rendición.

Sin embargo, cuando iban escoltados por los oficiales del rey, muchos templarios escaparon a su custodia y marcharon a unirse con los caballeros que resistían el asedio en Castellote.


Castillo Templario de Cantavieja (Teruel). Foto del gobierno de Aragón.

Cantavieja (Teruel), organizó la resistencia bajo el mando del comendador Ramón de Galliner, contra el que marchó en enero de 1308 don Berenguer de Tobía, Sobrejuntero de Sobrarbe y Ribagorza. Este capitán de los Tercios de Morella, al que se unieron tropas de Alcañiz, Mosqueruela y Rubielos, no pudo rendir la fortaleza hasta el 12 de agosto, y ello a pesar de que ya en abril la situación de los templarios era desesperada a causa de la escasez de agua y otras privaciones. Los templarios supervivientes fueron conducidos presos a Villarluengo.

Villel (Teruel), resistió hasta el 24 de octubre de 1308, llevando su audacia hasta realizar en el mes de abril una incursión sobre Tramacastiel, a dos horas de camino de la fortaleza, para aprovisionarse de víveres. Aquí se dio la curiosa circunstancia de que, dada la amistad personal que Jaime Il tenía con el comendador Bartolomé de Villafranca, se autorizó a éste para salir del cercano castillo a mediados de octubre, viajar a la corte para entrevistarse con el rey y regresar a la fortaleza para continuar la resistencia, siendo acompañado y protegido en todo momento por oficiales reales.

Castellote (Teruel), representa un ejemplo de la solidaridad sentida por el pueblo llano hacia los templarios, a los que consideraban unos buenos amos, mejores que muchos señores feudales, injustamente perseguidos. Cuando en enero de 1308 las tropas feudales avanzaban hacia la fortaleza, los caballeros, al mando del comendador Guillén de Villalba, efectuaron una correría por el término de la Ginebrosa para abastecerse de cara al asedio, encontrándose con las tropas del rey a las que combatieron con éxito suficiente para poder acogerse tranquilamente a la protección de los muros del castillo. La fortaleza vio incrementada su guarnición con algunos habitantes de Castellote, partidarios del Temple, y con los caballeros escapados a la rendición de Alfambra, los cuales tuvieron que combatir a los soldados del rey para romper el cerco y entrar en la plaza. Mientras tanto, los villanos de Castellote que habían quedado fuera de los muros se negaron a colaborar con las fuerzas reales en el asedio, porque seguían fieles a la Orden del Temple, lo que provocó castigos ejemplares que de nada sirvieron. El castillo sucumbió al Sobrejuntero de Zaragoza, Bernardo Tarín, el 2 de noviembre. Algunos caballeros fueron trasladados cautivos a La Ginebrosa; los laicos y sirvientes quedaron en libertad sin armas, y Tarín hizo un inventario de éstas, así como de los libros y riquezas de la encomienda, realizando la venta de los esclavos musulmanes y animales.