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  • Rafael Alarcón Herrera

La biblioteca del Diablo: los libros malditos del Temple.





Rafael Alarcón Herrera. Aunque parezca raro, es poco corriente hallar leyendas populares sobre tesoros atribuidos al Temple. Además, cuando tal cosa sucede, suelen tener un rasgo peculiar: el tesoro, o no está compuesto solamente de oro, o el oro está ausente y es sustituido por “cosas de mucho valor”. Este componente, que puede ser de rango intelectual -libros de magia, pociones curativas, objetos rituales, talismanes-, o de rango trascendente indefinido -algo de donde viene su fuerza, poder y autoridad a la Orden- es el que nos hace sospechar que en los lugares donde circulan estas leyendas no es sólo la fantasía popular quien las ha inspirado. Puesto que, cuando menos, reflejan el aura de sabiduría y conocimientos ocultos que el pueblo atribuía a los templarios, además del atesoramiento de riquezas materiales.

Porque los templarios, además de guerreros, eran hombres de religión, monjes, lo que en el medievo equivale a decir hombres de letras, de cultura. Y como tales poseían bibliotecas, con sus scriptoriums, al estilo de cualquier monasterio de tipo medio, conteniendo toda clase de manuscritos, adquiridos o de elaboración propia. Poca cosa, sin embargo, es lo que nos ha quedado de las bibliotecas templarias. La Inquisición entró a saco en ellas durante el proceso de disolución, los libros poco ortodoxos ardieron en las piras junto a muchos de sus dueños, aunque es posible que algún volumen fuese a parar a los depósitos secretos del Vaticano. A partir de 1312, cuando finalizó el reparto de los bienes templarios, los libros que consiguieron pasar por el ojo de la aguja inquisitorial, entrarían a formar parte del patrimonio eclesiástico, de otras Ordenes, de la Corona, o de algunos nobles, y su memoria se esfumó.


La Inquisición entró a saco en ellas durante el proceso de disolución, los libros poco ortodoxos ardieron en las piras junto a muchos de sus dueños...

Aunque no del todo. El pueblo llano había reconocido, siquiera instintivamente, el valor del legado cultural templario, y quiso que junto a los tesoros puramente materiales se conservara el recuerdo de otros de índole intelectual, quizá menos atractivos para el hombre iletrado carente de los conocimientos necesarios para disfrutar de tal legado en caso de hallarlo, pero no por ello menos interesante puesto que representan instrumentos de poder, ya que están referidos no al orden material del oro, sino al orden espiritual que puede proporcionar acceso a esferas de trascendencia que no pueden comprarse con todo el oro del mundo.

"Santo Domingo y los albigenses" de Pedro de Berruguete.
"Santo Domingo y los albigenses" de Pedro de Berruguete.

Hay una tradición muy significativa, respecto a los libros templarios heterodoxos, puesto que es contemporánea de la extinción de la Orden y nos pone tras la pista de sus libros prohibidos como algo que pudo tener existencia real. El 13 de abril de 1310, los comisarios pontificios que instruían el proceso contra el Temple en Francia recogieron el testimonio del notario Raúl de Prael, quien declaró que su amigo el Comendador templario de Laon le había dicho “que había un pequeño compendio de estatutos de la Orden que de buen grado enseñaría, pero que había otro más secreto que no mostraría por nada del mundo”. Es curioso que catorce días más tarde, el 27 de abril de 1310, los nuncios de la Santa Sede que estaban instruyendo el proceso contra el Temple en el reino de Castilla, escuchasen a un testigo declarar “haber oído decir que al visitar ciertos franciscanos al Maestre del Temple, frey Rodrigo Yañez, en Villalpando (Zamora), lo encontraron leyendo un pequeño libro, y al verlos, se apresuró a guardarlo en una arquilla, que cerró con llave, colocándola a su vez, en otra mayor y ambas en una tercera, cuya llave recogió. Al preguntarle que libro era que guardaba con tantas precauciones, el Maestre contestó que si éste llegaba a determinadas manos podría acarrear grandes daños a su Orden”.

Para los historiadores “académicamente puros”, el misterio parece resolverse imaginando que el volumen de libre disposición era la “Regla latina”, de todos conocida, concedida por el concilio de Troyes en 1129, por la que se guiaba el Temple en aspectos generales; y el volumen secreto, consistía en los “Retrais“, o “Estatutos Jerárquicos”, las “reglas de régimen interno” que, hacia 1165, habían establecido los propios templarios para el gobierno práctico de su vida diaria y estaba únicamente en poder de los mandos superiores. No obstante, incluso aceptando esta explicación, constatamos ya una “voluntad de secreto” en la Orden respecto a sus libros. ?Existe algo más detrás de dicha actitud?


"Al preguntarle que libro era que guardaba con tantas precauciones, el Maestre contestó que si éste llegaba a determinadas manos podría acarrear grandes daños a su Orden”.

Aunque, en una búsqueda superficial, no encontramos entre los caballeros más que el tipo de escritores corrientes en su época: traductores, biógrafos, predicadores, poetas, legisladores, moralistas, historiadores, no todo es tan simple. En la Edad media, los escritores ocultistas, cabalistas o esoteristas, eran algo común y corriente, tanto en las “Cortes de amor” de los nobles, como en los scriptoriums de los monasterios. Y si los templarios eran en todos los aspectos hombres de su tiempo, ?acaso iban a ser diferentes en esta faceta?

Las bibliotecas de la Orden estaban entre las mejores de la Edad Media, rivalizando con las de los monasterios benedictinos y cistercienses. En las principales encomiendas templarias de cada país existían tales centros, donde se acumulaba el saber del momento y de la antigüedad, de oriente y occidente. Muchos de los ellos tenían anejo un scriptorium, donde se creaban sus obras y copiaban las ajenas; sabemos que requisaban los manuscritos de cada ciudad árabe conquistada y se apresuraban a traducirlos al latín. Conocemos las bibliotecas que hubo en las encomiendas templarias de los castillos de Monzón (Huesca) y Miravet (Tarragona), junto con la de la Catedral Templaria de Villasirga (Palencia) donde había un scriptorium que copió las “Cantigas de Santa María”, de Alfonso X, y produjo cantorales, como el “Cantoral Pueri Templi” para los niños cantores del coro templario fundado por el rey Sabio. Otras bibliotecas y scriptoriums famosos estuvieron en las casas templarias de París (Francia), del New Temple de Londres (Inglaterra) y de Jerusalén (Palestina).

Las hazañas del Temple en los combates de Tierra Santa se recogieron y cantaron en crónicas como el “Itinerarium peregrinorum” (1192) o la “Crhónica orientalis” (1291)

De ellos salieron traducciones del latín a la lengua vulgar, tanto de la Biblia como de la Regla del Temple. Copias de los Comentarios del Apocalipsis, del Beato. Crónicas históricas de las Cruzadas o Memorias de los Maestres. Santorales, como el Obituario del Temple de Reims. Documentos jurídicos como el Fuero del Baylío, de Jerez, o las Consuetudes, de Horta. Y poemas satíricos, La Biblia, críticos, Ira et Dolor, o elegiacos, Anónimo del Viernes Trece. Pero también otras obras menos ortodoxas.

Las primeras pistas aparecen en los inicios de la Orden, cuando el Prior del Temple en Jerusalén, el poeta Achard d’Arrouaise, escribe el Poema de la Virgen del Temple, para “decorar” con él los muros interiores de la Iglesia Madre de los templarios, el santuario musulmán octogonal de la Cúpula de la Roca. Creando con sus versos una ronda secuencial, que los peregrinos debían seguir dentro del santuario, para deambular ritualmente por él e impregnarse de su energía telúrica. Unos versos de carácter simbólico, de velado sincretismo gnóstico, que servían igualmente para las ceremonias iniciáticas de ingreso en la Orden de los nuevos caballeros, y se complementaban con las inscripciones árabes del Corán plasmadas en los mosaicos, como aquella de la cúpula dónde el versículo 40 de la sura 3 habla de la “Anunciación“ que Dios hace a María del nacimiento de Jesús. Este Achard, escribió también un Poema del Templo de Salomón, donde en clave cabalística se insinúan las raíces sincréticas del ideario del Temple, a través de los Compañeros Constructores como herederos de una tradición simbólica que proviene de la prehistoria, se enriquece en el mundo pagano, bebe en la fuente de las religiones del Libro y florece prodigiosa en la época de la Catedrales.


Para 1190 el ciclo grialico templario parecía definitivamente concluido, cuando el capellán templario francés, Guiot de Provins, escribió su Parsifal.

Otras pistas pueden rastrearse en esa peculiar traducción que, el Maestre del Temple en Inglaterra, Ricardo de Hastings, mandó hacer al escritor conocido como Anónimo de Londres, del Libro de los Jueces (1160-1170). ?Cual era la verdadera naturaleza de este encargo para que, en pago a su trabajo, el traductor fuese admitido como caballero templario? Nada más y nada menos que transformar el relato bíblico en una especie de novela de caballería, de modo que puede considerarse como la semilla de donde brotará posteriormente, en su rama oriental, la leyenda del Grial Templario. Una leyenda reinterpretada por la orden a partir de 1189, cuando el clérigo templario inglés, Walter Map, escribió La búsqueda del Santo Grial, captando la corriente occidental de un Grial artúrico de raíces célticas y mística cisterciense. Para 1190 el ciclo grialico templario parecía definitivamente concluido, cuando el capellán templario francés, Guiot de Provins, escribió su Parsifal. Una historia del Grial completamente diferente a todas, donde se recogía la corriente gnóstica oriental tamizada por el misticismo cátaro. Lamentablemente dicha obra se ha perdido y hoy solo la conoceríamos por referencias si no fuese por un trovador templario alemán: Wolfram von Eschenbach (1170-1220), quien tradujo a su idioma la obra de Guiot de Provins, la amplió y continuó.

Detalle del "Parzival" de Wolfram Von Eschenbach.

Wolfram es el mas singular de los escritores templarios, pero no por pertenecer a la Orden, sino porque hizo de ésta y de sus caballeros los protagonistas de las narraciones iniciático-esotéricas que escribió. Creó su Parzival (1195-1210), inspirado tanto por aquella peculiar recreación templaria del Libro de los Jueces, como por el Poema del Templo de Salomón, de Achard d’Arrouaise, y por La búsqueda del Grial de Walter Map, pero sobre todo por el Parsifal de Guiot, para continuar la historia por su cuenta en el Titurel hasta elevar la Orden del Temple a la categoría de mito universal. Porque el mérito del caballero Wolfram no estriba en haber seguido el giro gnóstico-cátaro dado al Grial por Guiot, sino en haber declarado abiertamente que los custodios y ejecutores de dicha filosofía ideal eran los Templarios. En su novela, la encargada de custodiar el objeto místico es la Orden del Grial, cuyos miembros son los Caballeros Templarios. El Grial se guarda en un castillo de la Orden, dentro de una iglesia con forma octogonal como su iglesia madre del Templo de Salomón, bajo la autoridad de un Gran Maestre que depende de la dinastía del Preste Juan. Es más, estos templarios de la Orden del Grial muestran un inusual sincretismo ecuménico, pues entre sus miembros hay cristianos, musulmanes y paganos: el cristiano Parzival tiene un hermano musulmán, Firefiz, que participa en la búsqueda en igualdad de condiciones; y la dinastía del Preste Juan, a cuyo reino se retira la Orden junto con el Grial, estaba compuesta tanto de reyes paganos como cristianos. Para colmo, el Grial ya no es el cáliz conteniendo la sangre de Cristo, sino una piedra de poder traída del cielo como aquellas piedras negras, sagradas, de la antigüedad pagana custodiadas en los santuarios de las grandes diosas: Artemisa, Ceres, Cibeles, que en el medievo acabaron guardándose como reliquias celestes dentro de muchas imágenes de Vírgenes Negras, algunas de ellas templarias.

Por si fuera poco, Wolfram escribió Willehalm, obra curiosa donde trata el encuentro entre cristianismo y paganismo en el sur de Francia...


Es más, estos templarios de la Orden del Grial muestran un inusual sincretismo ecuménico, pues entre sus miembros hay cristianos, musulmanes y paganos...

Que varios escritores templarios, con el consentimiento de la Orden, incluyeran a ésta en una historia llena de misticismo esotérico, con toques de simbolismo astrológico y alquímico, además de resabios sincréticos del paganismo clásico, debe significar algo más que un pasatiempo literario salido de la mente de unos trovadores ociosos. Muchos libros templarios, de los quemados u ocultados entre 1307 y 1312, podrían darnos la respuesta. Aunque las tradiciones y leyendas populares todavía pueden aportarnos algunos indicios, respecto al ideario de la orden y sus connotaciones esotéricas.

Las gentes de la comarca templaria de Aliste, al norte de Zamora, cuentan que en la Sierra de la Culebra vivía como ermitaño un sabio fraile templario. Como su cueva fuese muy húmeda y sus libros se cubriesen de verdina, decidió hacerse una cabaña de madera. Pero los espíritus que vivían en los árboles le impidieron que cortase la madera necesaria, por lo que humildemente se conformó con hacerse una choza de espinos trenzados y barro. Al terminarla, el templario, bendijo al espino, con la promesa de que reinaría sobre los árboles egoístas que le negaron su madera “y si alguna vez los árboles te amenazan serás como la zarza ardiente que todo lo devora“. Cuando murió el sabio ermitaño, los secos espinos de su choza echaron brotes y, extendiéndose como un manto, la cubrieron encerrando en el mausoleo vegetal el cuerpo del santo varón y sus libros. Luego se desplegaron por el monte, en tal cantidad, que borraron toda referencia para hallar la choza del ermitaño.


Itinerarium peregrinorum. Detalle.

Durante mucho tiempo, las gentes de la comarca fueron a recoger de estos espinos, que consideraban mágico-curativos. Aunque también iban con la esperanza de encontrar la choza del templario, pues decían que sus libros, guardados en un arca doble, eran los que le habían dado la santidad y podía esperarse de ellos toda clase de bienes. Casualmente, en la ya citada traducción templaria del Libro de los Jueces podemos leer, cap.IX vs.8-15: “Pusiéronse en camino los árboles para ungir un rey que reinase sobre ellos [...] Y dijeron todos los árboles a la zarza espinosa: Ven tú y reina sobre nosotros. Y dijo la zarza espinosa a los árboles: Si en verdad queréis ungirme por rey vuestro, venid y poneos a mi sombra, y si no, salga fuego de la zarza espinosa y devore a los cedros del Líbano”. ?Casualmente?

También, en el Santuario de Nª Sª dels Angels, de Horta (Tarragona) dicen que el santo primer Maestre del lugar, frey Bertrán Aymerich (1177), escondió en oculta cripta un arca con los libros que escribió sobre el arte de construir, donde recogía los conocimientos ancestrales que le transmitieron los gigantes “Jentilak” que levantaron el primer santuario. Y en la fabulosa Catedral Templaria de Villasirga (Palencia) hay una leyenda similar, sobre los libros de magia musulmanes que el primer Maestre y constructor, frey Juan Pérez (1150), trajo de Córdoba para edificar esa Morada Filosofal, los cuales ocultaron los caballeros en una cripta secreta junto, con su fabulosa biblioteca, antes de ser detenidos en 1307.

Después de tanta destrucción y ocultamiento, carecemos ya de los elementos necesarios para emitir una opinión concluyente sobre el esoterismo en la literatura templaria. Nos limitaremos a expresarnos con palabras de