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  • Rafael Alarcón Herrera

Faciem tuam requiro, doce me... (Tu rostro es lo que busco, muéstramelo).


Barcelona. MNAC 29-01-2010


La teología del mito judeo-cristiano, tenía planteada desde sus inicios una cuestión crucial. ¿Cómo manifestar la naturaleza o la presencia de Dios? El abad francés Suger, de San Denis (1122-1151), expresó en unas sencillas palabras el quid de la cuestión: “Nuestro limitado espíritu no puede captar la verdad sino por medio de representaciones materiales”. En esto, como tantas otras cosas, la nueva fe hubo de echar mano a conceptos de la Antigua Religión, cuya respuesta para tal dilema era: “mediante símbolos”. Así pues, los teólogos se saltaron un mandamiento básico de sus míticas Escrituras: “No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra... No te postrarás ante ellas ni les darás culto...” (Éxodo 20, 4-5).

Barcelona. MNAC 29-01-2010

La Antigua Religión se había hecho idéntica pregunta, pero la había resuelto sin problemas, según nos dice el neoplatónico Máximo de Tiro (180 d.C.), en un párrafo de su Exposición filosófica: «Zeus padre de todas las cosas y su creador, es anterior al sol y más antiguo que el cielo; más fuerte que el tiempo y la eternidad, y más fuerte que la naturaleza entera que transcurre [...] Su nombre es indecible, y los ojos no podrían verlo. Entonces, al no poder captar su esencia, buscamos ayuda en las palabras, en las formas animales, en las figuras [...] en los árboles y en las flores, en las cimas y en las fuentes. Con el deseo de comprenderlo, en nuestra debilidad, prestamos a su naturaleza las bellezas que nos son accesibles [...] Es una pasión similar a la del amante, para el cual es tan dulce ver un retrato del ser amado, o incluso su lira, su jabalina [...] Cualquier objeto que despierte su recuerdo.» (Philosophumena, Oratio, II, 9-10).

Barcelona. MNAC 29-01-2010

Para la humanidad medieval, sobre todo en los ss.XI-XII no siempre es fácil discernir por sí mismos los símbolos que contemplan en las pinturas y piedras de los templos románicos. A su favor, tienen la mentalidad simbólica, innata en unas gentes íntimamente ligadas y nutridas, desde siempre, por el mundo de lo invisible superior. Además, son enseñados y dirigidos por quienes han creado –o recreado- los símbolos, cuando estos no han sido rescatados por ellos mismos, del mundo antiguo, y reinterpretados por sus nuevos guías espirituales. Porque, como afirma Alain de Lille (1128?-1202): “Los hombres creen más gustosos aquello que les cuentan que aquello que observan”.

Taüll (Lleida) Sª María 07-07-2009

Las narraciones, aplicadas a las imágenes de los templos, contribuyen a engrosar la atmósfera espiritual que los impregna, y sirve de guía para descubrir lo esencial del mensaje religioso. El entorno sociocultural, en que habita la humanidad medieval, no promueve la libertad de pensamiento y mucho menos de expresión. Los escasos espíritus críticos, que piensan por sí mismos con un cierto grado de autonomía, -al menos los que conocemos- se mueven en las esferas intelectuales de los monasterios. Estos, piensan y traducen los símbolos para las gentes iletradas.

Castell de Mur (Lleida) 12-07-2009

Las imágenes románicas son, en esencia, una especie de “intermediario visual” para comunicar lo inexpresable, para traducir la sacralidad al lenguaje cotidiano. El destino que une la humanidad al universo y a la naturaleza, y a todos con lo Divino, está lleno de enigmas. El creyente románico quiere conocerlos y experimentarlos, pero cuanto más intrincado y misterioso resulta ese conocimiento, más inasequible es para el lenguaje corriente. Lo “Sagrado” es, por definición, lo que no puede encerrarse dentro de las palabras. De ahí que los símbolos, sus imágenes, sean como el diccionario que “traduce” el idioma espiritual al dialecto profano.

Castell de Mur (Lleida) 12-07-2009

La sustancia de todo el esfuerzo realizado por los imagineros, pintores, canteros y demás magíster, románicos, al crear su obra, podría resumirse en la frase de los teólogos medievales Gilbert de Holanda y Guillaume de Saint Thierry: . “Faciem tuam requiro, doce me”. (Tu rostro es lo que busco, muéstramelo). . Salud y fraternidad.

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© 2010. Rafael Alarcón Herrrera. Todos los derechos reservados.

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