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  • Rafael Alarcón Herrera

«El románico, ¿arte del Dios o del Diablo?» Extracto de "La erótica sagrada del románico".

Extracto de "La erótica sagrada del románico". Rafael Alarcón Herrera. Páginas 26 y 27.

San Martín de Tours. Frómista, [Palencia] Ilustración de Patricia R. Muñoz incluida en el libro "La erótica sagrada del románico" de Rafael Alarcón Herrera,


« [../..] Definir lo que es el arte románico suele resolverse, a veces, con explicaciones simplificadoras que, en consecuencia, falsean la cuestión. Resumiendo, nos dicen que: “recibe ese nombre porque sucede al arte romano, del que toma sus elementos y los transforma”. Sin embargo, las inspiraciones e influencias son más amplias y complejas.


No podemos dejarnos deslumbrar por la presunta “pureza” del arte romano, puesto que éste era ya la suma de elementos propiamente latinos con otros griegos, de oriente próximo, norteafricanos y europeos no romanos. Y esa tendencia no desapareció, aunque desapareciese el Imperio romano continuó como una constante cultural. Por tanto el llamado estilo románico, formado en Europa durante los primeros siglos de la Edad Media, resulta de la combinación de elementos tradicionales romanos, con aquellos de procedencia oriental: sirios, persas, egipcios, bizantinos y árabes; más los de origen europeo: germanos, normandos, celtas, íberos.




Abreviando, podemos afirmar que en el aspecto técnico predominan los conocimientos romanos, pero en el “decorativo” persisten los símbolos de origen “bárbaro”. Ello es así porque los constructores conservan sus conocimientos de oficio, propios de la tradición gremial, de raíz romana mayoritariamente. Pero a la hora de “decorar”, deben servir al mecenas que encarga el edificio y a su ideología. Tales comitentes empiezan a ser pequeñas comunidades religiosas rurales: monasterios o parroquias, en los que el simbolismo de la Antigua Religión está todavía vigente entremezclado con el de la nueva fe, hasta tal punto que, tanto en las formas como en el fondo, esta última acabará “contaminada” por el universo de los dioses pre-cristianos.


“La invasión de los bárbaros trae la disgregación del Imperio y rompe con todo lo anterior […] Así se da el caso de que la escultura visigoda empalme, a través de influencias bizantinas, con las figurillas [celtíberas] de Despeñaperros y los verracos castellanos”.


Aunque, hasta el siglo XIX, nadie utilizó el vocablo “románico”. Durante siglos, el término más corriente para referirse a este tipo de arte, era el de “bárbaro” o, más piadosamente, “bizantino”, por considerarlo, junto con el gótico, arte romano “degenerado” por su contacto con los invasores germánicos. El término “románico” aparece por vez primera en 1818, cuando Charles de Gerville, en carta dirigida a su amigo Arcisse de Caumont, lo utilizó para adjetivar las lenguas romances –lenguas románicas–. Al señor de Caumont le gustó el término “románico”, y lo aplicó a la arquitectura de los siglos XI y XII en su ensayo, publicado en 1824, sobre arquitectura medieval normanda.


Monsieur de Gerville, y su colega Caumont, eran socios fundadores de la Sociedad de Anticuarios de Normandía, por ello cuando en 1825 el primero propuso adoptar formalmente el término “románico”, para definir dicho estilo artístico, nadie opuso reparos. A finales de dicho siglo, la expresión había tomado carta de naturaleza universalizándose y E. Corrover escribía:


“Se ha convenido en llamar románico al arte que se formó en Occidente por la fusión de

elementos latinos, orientales y septentrionales al terminar el primer milenio de la Era cristiana. El fundamento para esta denominación tómase de la estrecha semejanza que media entre la evolución artística de aquellos siglos y la del vulgar lenguaje en los países neolatinos, pues así como se llamaba romance la lengua vulgar, por derivarse del latín o romano, así debía también decirse romancesco o románico el arte que seguía formándose paralelamente con las lenguas de entonces y se derivaba del latino de las basílicas romano-cristianas”.


Acercándonos al tema con perspectivas más amplias, podemos remontarnos a un ilustre “precedente” en cuanto a la confusión similar que provoca su definición: la nación celta. Actualmente se admite sin discusión que no existió una nación celta, sino un conjunto cultural celta, asumido por diversos pueblos, los cuales añadieron sus peculiaridades locales. Salvando las distancias, podemos decir que no existió una nación románica, sino una cultura románica asumida por diferentes pueblos, quienes sumaron sus particularidades al esquema general.


Así, tan solo para hablar de los reinos hispanos, hay un arte románico en piedra, sin elementos escultóricos o con mínimas representaciones, el lombardo; otro con profusión de esculturas, el jaqués o internacional; otro igualmente anicónico, en ladrillo, el mudéjar; otro más, escasamente esculturado, también en piedra, el cisterciense. Para acabar de complicarlo, cada uno de estos apartados tiene divisiones y subdivisiones, momentos cronológicos distintos que se manifiestan en elementos arquitectónicos diferentes. Incluso el románico que, para nuestros propósitos, podríamos descartar, por su ausencia de representaciones escultóricas, hay que tenerlo en cuenta, pues en lugar de figuras esculpidas estaba repleto de pinturas. Y en ellas había, como en la piedra, imágenes “eróticas”. Decía un colega, no sin cierta sorna, que el “románico lombardo” no respondía a un pensamiento teológicamente iconoclasta, sino al carácter carolingio, que con su exagerada tendencia al ahorro y a escatimar gastos, prefería los frescos pintados, más baratos, a las esculturas, mucho más caras… ¡El maravedí, es el maravedí…! Por si fuera poco, existe la mezcla de todos los antedichos modelos, pues al desarrollarse y extenderse, el románico, realizó su propio mestizaje arquitectónico.


Dentro de ese complejo “árbol genealógico” del arte románico, la rama que más interesa para nuestro estudio es la del “románico internacional”, difundido a través del Camino de Santiago, cuyas primeras manifestaciones hispanas parecen surgir en San Martín de Frómista (Palencia, 1066), San Isidoro de León (1067), la Catedral de Santiago de Compostela (A Coruña, 1075), San Zoilo en Carrión de los Condes (Palencia, 1076), la Catedral de Jaca (Huesca, 1077), etc. [../..]»

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Alarcón Herrera. Rafael. "La erótica sagrada del románico". Páginas 26 y 27. Ilustración corresponde a la Figura 142 en el textor original. @ 2021. Rafael Alarcón Herrera, Del texto e ilustraciones. Bajo registro en la Propiedad Intelectual. Ilustración de Patricia R. Muñoz.

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