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  • Rafael Alarcón Herrera

El Caballero del Apocalipsis


«Las piedras de muchos templos románicos contienen esta representación escultórica –e incluso, pictórica–, que los cabalistas bautizaron con el inquietante nombre de Caballero del Apocalipsis, y fue colocada en ellos mientras el temor al primer milenio inundaba el mundo mágico y terrible de la Edad Media. Ya sean grandes estatuas en la fachada, alto relieves del pórtico, o pequeñas figuras en los capiteles interiores, o claustrales, todas ellas nos interrogan con su silencio: ¿Nos reconoces? ¿Recuerdas nuestro mensaje de esperanza?


La sugestiva escena consiste en la imagen de un jinete, en actitud serena, cuyo corcel pisotea con la pata delantera una figura masculina, un gigante o un enano generalmente fálicos. A veces se coloca ante el caballo una dama, en pie, quien con el brazo en alto, portando un ramo, parece agasajar al caballero que le devuelve el saludo. Algo aparentemente inocente, pero que como todo símbolo medieval esconde un mensaje oculto en varios niveles de interpretación. Porque, ¿quién o a qué, representa este enigmático grupo, del que conocemos no menos de cincuenta ejemplares en Francia y diecisiete en España?[1] ¿Si figuraban santos, por qué estas esculturas han sido bárbaramente destruidas durante siglos? ¿Y si no lo eran, para que fueron colocadas en lugares sagrados? ¿Estamos ante un símbolo cristiano o pagano? Para descifrarlo tendremos que dar un pequeño rodeo, porque en simbolismo nada verdaderamente valioso se consigue sin esfuerzo.


A partir del Renacimiento las gentes han dado a este jinete variadas personalidades, tal como hicieron antes con la “dama de la pata de oca”, para identificarlo con alguien conocido. Precisamente porque, tras el medievo, su identidad original se había diluido y solo unos pocos estudiosos sabían ya de que se trataba. El pueblo sencillo, perdida la magia del símbolo, dio en ver allí nobles feudales, emperadores romanos, reyes medievales, santos apóstoles o ángeles vengadores. Así en Francia, los de Parthenay (Poitou) dicen que sea el Duque de Aquitania; y los de Olorón (Gascogne) que es Gastón IV de Bearn.


Los templarios, como afamados monjes-guerreros, no podían ser ajenos a este mítico símbolo y ciertas tradiciones los identifican con el Caballero. De la capilla poligonal de uno de sus castillos en Palestina, Atlit o Safad, procede un capitel románico con dichas figuras, que autores antiguos identifican con el Gran Maestre del Temple en presencia de santa Eufemia de Calcedonia, cuyas reliquias custodiaban los templarios[2]. Precisamente, la Orden del Temple nos proporciona los únicos ejemplos pictóricos de dicho tema. Así sucede con un fresco de la capilla de los templarios en su encomienda de Cressac (Charente, Francia), fundada hacia 1150-1160, de cuyo Caballero dicen que personifica al templario Pierre de Angoulême, muerto en olor de santidad

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Por este fresco podemos hacernos una idea del que decoraba la capilla templaria de San Salvador “el Pintado”, en Toro (Zamora), hoy desaparecido, en cuya imagen las gentes creyeron ver al Maestre Provincial del Temple en Castilla-León, Pedro de Robera. En la misma ciudad de Toro, un capitel absidal de su Colegiata de Santa María (1160-1240), reproduce al Caballero, con enano fálico y dama, diciendo las tradiciones que se trata del nombrado Pedro de Robera, o de Rodrigo Castellano, otro maestre templario[3] [fig. 65]. Por el contrario, los de Vallejo de Mena (Burgos) afirman que su Caballero es el Maestre de los Hospitalarios de San Juan [fig. 67].


En otros lugares con mayores “aspiraciones históricas”, no se trata ya de nobles guerreros, laicos o monacales, sino de emperadores, quizá debido a que algunos jinetes aparecen coronados y otros no. En toda Francia, es norma asegurar que estamos ante el emperador Constantino el Grande, venciendo a Majencio en presencia de Santa Elena; o lo que es igual el paganismo vencido por el cristianismo, en presencia de la Iglesia.


"La erótica sagrada del románico". Rafael Alarcón Herrera. Ilustrado por Patricia R. Muñoz. Edición de lujo en tapa dura. DinA4. 624 páginas. 875 dibujos.



Pueblos con un chauvinismo más acentuado, prefieren ver en cada jinete a reyes propios. Los franceses de Civray (Poitou), reconocen en el Caballero a Carlomagno, mientras los de Bordeaux (Guyenne), creen estar viendo a Pipino el Breve. Los españoles también tienen para todos los gustos locales: en Armentia (Álava), se trata de Sancho VII; en Sangüesa (Navarra), de Teobaldo I; y en León, de Ramiro I. Todos ellos en el acto de vencer a los musulmanes hispanos y ser recibidos victoriosos por sus reales esposas.


Por último, los que aún conservan un leve recuerdo de su significado original, presintiendo la magia que late en ellos, creen que tales jinetes están por encima de los simples mortales. Según éstos, se trataría de manifestaciones celestiales. En Francia nuestro Caballero sería san Jorge, en Angoulême (Angoumois); y san Miguel, en Surgères (Saintonge). En España la cuestión se zanja declarando que todos ellos representan al apóstol “Santiago Matamoros”. Aunque en Carrión de los Condes (Palencia) es donde más cerca están de la verdad, pues afirman que aquel es el Ángel del Apocalipsis aplastando a la humanidad pecadora [fig. 58]. Junto con ellos, rozan el misterio los que, en Santillana del Mar (Cantabria), sostienen que es dicho Ángel sometiendo a la Bestia Diabólica apocalíptica[5] [fig. 62].


Sea cual fuere su personalidad, nuestros caballeros no se han librado del paso devorador del tiempo. Hoy es raro encontrar alguno que no esté mutilado en mayor o menor grado, mientras que de otros solo nos queda su recuerdo en tradiciones populares y crónicas históricas. El origen de tal destrucción, como en el caso de las esculturas de “Pédauque-Sibila-de-Saba”, parece estar en la confusa identidad de que han sido dotados tardíamente. Una leyenda francesa, que en Caen (Normandía) tiene por protagonista a Guillermo I el conquistador, y en Ham-lès-Lillers (Artois) a Enguerrand de Lillers, cuenta de un noble feudal que cabalgando descuidadamente mató a un niño. El obispo le recomendó peregrinar a Compostela y, al regreso, mandó poner en el templo dicho grupo escultórico como exvoto penitencial. Según lo cual representaría al imprudente noble, al atropellado niño y a la madre de éste. De ahí a decir que el Caballero simbolizaba “el feudalismo humillando al pueblo”, no había más que un paso. Los exaltados revolucionarios franceses, de 1789, lo dieron y casi acabaron con tan enigmáticos jinetes medievales.



Pondremos la campaña en marcha el próximo dia 12 de noviembre. a las 12:00 del mediodía.

Todos los mecenas que hagan su aportación al proyecto en las 72 horas siguientes a su apertura oficial, 12/11/2021 12:00 hrs GMT+1 recibirán, además de las recompensas incluidas en su aportación, una carpeta con 12 láminas en tamaño 17x24 cm en papel de arte para enmarcar.

Porque a pesar de todo lo que se haya dicho, ni el caballero, ni la dama que lo acompaña, presentan símbolos que apoyen su presunta santidad cristiana, tales como aureola en la cabeza, alas angélicas, manos orantes o bendiciendo. Al contrario, todos sus atributos son aparentemente terrenales: corona, espada, ramo florido, halcón cetrero, etc., y responde más a la noción de autoridad que a la de santidad. Todo lo cual nos plantea otro enigma, ¿de dónde han sacado los constructores medievales el modelo para este inquietante grupo escultórico? La opinión más común es que el precedente del Caballero se encuentra en las estatuas imperiales tardo romanas, “Adventus”, que glorificaban a los emperadores como héroes ecuestres que aplastan a sus enemigos. Caso de las efigies de Marco Aurelio, siglo II, o Juliano el Apóstata, siglo IV. Modelo que, con un componente religioso más obvio, se repite en la Persia sasánida del siglo V. Allí el rey Yazdayîrd I, a caballo, pisotea al armenio Artabán, mientras recibe la corona triunfal de manos del dios de la luz, Ahura Mazda, jinete sobre un corcel que aplasta al dios de la oscuridad, Arimán.


Aunque no es necesario ir tan lejos para encontrar el modelo que buscamos, pues dicho jinete de la Luz divina, aplastando a las Sombras diabólicas, es prácticamente idéntico al que los pueblos celtas, galos, germanos, britanos, íberos y escandinavos, hicieron cabalgar por Europa muchos siglos antes. Caballo y caballero gentiles, que ya estaban allí cuando llegaron los ejemplares romanos, bizantinos y persas para sincretizarse con ellos. Continuaron en sus puestos hasta que la mitología medieval, románico-cristiana, se apoderó del símbolo enmarañándolo.


En la religión celto-germánica el hijo de Odín, Thor, dios benévolo de los fenómenos naturales al par que terrible guerrero contra los gigantes que amenazan la humanidad, es representado como un jinete cuyo caballo pisotea al monstruo Jörmungand, azote del mundo de los humanos, el Midgard. Jörmungand es un gigante cósmico metamorfoseado en serpiente marina, cuyos anillos rodean las tierras y sacuden los océanos para desencadenar tempestades y terremotos. Por ello era simbolizado, de forma indistinta, como un gigante ocasionalmente fálico[7], una gran serpiente, o mitad una cosa y mitad otra [figs. 48 a 51]. Al final de los tiempos, cuando llegue el combate del Ragnarok o Crepúsculo de los Dioses, Thor vencerá a la Serpiente, aunque ésta lo matará, con su venenoso aliento, provocando el hundimiento de la tierra en el mar. Mientras otros gigantes, combatiendo con los dioses, desplomarán el cielo ardiente sobre las cabezas de los humanos. Tras el cataclismo retornará la Edad de Oro, nueva tierra y nuevos cielos renacerán de las cenizas para acoger a la humanidad y los dioses supervivientes.


Y es que los pueblos célticos no creían en la eternidad del mundo, ni en la perennidad de sus dioses, sino en el Eterno Retorno. La existencia y poder de los mundos celeste y terrestre, se mantienen a base de una lucha constante entre fuerzas cósmicas opuestas. Todo está destinado a la destrucción y, a través de ella, a una transformación radical e incesante. La historia divina y humana es cíclica, cada Edad tiene su Ragnarok donde los Dioses y los Gigantes se destruyen mutuamente: las fuerzas naturales opuestas arrasan el mundo y su humanidad decadente. El cielo ardiendo cae sobre la tierra, que es tragada por el mar. Luego surge de nuevo, renovada y enriquecida, y los pacíficos dioses supervivientes inauguran otro ciclo de armonía cósmica en la tierra así purificada. Con una humanidad nueva, en estado de paradisíaca inocencia.


En Germania, antes y después de la romanización, proliferaron las esculturas de Thor, jinete sobre brioso corcel que pisotea con sus cascos al diabólico Jörmungand, representado como gigante-serpiente o como un personaje más pequeño y fálico. Durante siglos, incluso hasta el medievo, resistieron sobre sus elevadas columnas, emplazadas en lugares significativos por su sacralidad o simbolismo de dominio territorial, como colinas o bosques sagrados[8].


En esta religión cosmológica, las imágenes de Thor a caballo, además de su carácter sagrado tenían otro como amuleto protector. Por ello se representaban tanto a gran tamaño, en los lugares de culto para proteger a la colectividad, como a escala reducida sobre objetos cotidianos para defender individualmente a sus portadores. Podemos encontrarlas en cascos, escudos, copas, platos, arreos de caballerías, broches de vestido, pomos de espada, decoración de edificios, o estelas funerarias. Se trataba, genéricamente, de propiciar a la divinidad benévola para salir indemnes del Crepúsculo de los Dioses, formando parte de los supervivientes elegidos para renovar la humanidad. Y en un nivel más concreto, se pretendía tener un amuleto contra las catástrofes naturales cotidianas, tales como tormentas, inundaciones, hambrunas, incendios, plagas, etc.»



© 2021 Rafael Alarcón Herrera. Todos los derechos reservados. Extracto de "La erótica sagrada del románico". Páginas 114-117. Ilustraciones de Patricia R. Muñoz. En su edición original el texto contiene varias notas al pie. Se han suprimido en la publicación de este extracto.

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