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  • Rafael Alarcón Herrera

El Bierzo Templario: Castillo de Ulver.


En el sinuoso camino que, siguiendo el curso del río Sil, baja desde Ponferrada para acceder a Galicia en dirección a Ourense, justo al lado de Villavieja, se alzan los restos del Castillo de Cornatel, así llamado en los documentos, desde 1378, cuando estaba en manos de la poderosa familia Osorio. Esta ruta, era utilizada como variante del camino a Compostela, y en su comienzo se encuentra la explotación aurífera, romana, de Las Médulas, y el mítico lago de Carucedo, con su Xana encantada habitando una ciudad sumergida. Durante siglos, las gentes de la comarca sostuvieron la tradición de que tal castillo había pertenecido a la Orden del Temple, como parte de su encomienda de Ponferrada, aunque no aparecía en documentación alguna. Sin embargo, antes de sonreírnos o despreciar las tradiciones populares, mejor será que lo pensemos dos veces, reflexionando sobre el curioso caso de la fortaleza de Cornatel.

Ciertos intelectuales, confiados en los relatos populares, daban por buena la presencia del Temple en Cornatel, lo cual provocaba que muchos “eruditos académicos” se burlasen de la credulidad del populacho, y de los “intelectuales” que les daban pábulo. Entre esos intelectuales se encontraba el escritor berciano Enrique Gil y Carrasco quien, como ayudante en la Biblioteca Nacional de Madrid, aprovechó la documentación templaria allí existente, y la complementó con las leyendas de su tierra sobre Cornatel. Así nació, su novela “El señor de Bembibre” (1843), en la mejor tradición histórica del romanticismo. Por el contrario, existía otro castillo berciano, el de Ulver, que sí estaba suficientemente documentado como posesión de la Orden del Temple. Así lo acredita una escritura del Cartulario de San Pedro de Montes, del año 1228: “Tenente Ulver Freyres del Templo”, “…teniendo Ulver los hermanos del Temple”, señal de que se hallaban en posesión del castillo desde años atrás, asegurando algunos autores que les fue otorgado a fines del s.XII.

También hay documentación sobre las posesiones vecinas que controlaba esta fortaleza, actuando en ocasiones como “encomienda menor”. Así, el Tumbo Viejo de San Pedro de Montes, cita en 1197 a “frey Pedreion encomendador de Priaranza”. Un documento, de 1222, fija los derechos a percibir por el Temple en Salas de la Ribera. Otras escrituras, de 1259 y 1261, citan algunos de sus dominios en los lugares de Borrenes y Priaranza, enclavados todos en las cercanías del castillo de Ulver. Esta fortificación, destacada por su importancia estratégica, vigilando un paso natural de salida hacia Galicia por la cuenca del Sil, recibe su nombre del río homónimo, que denominó antaño la “Tierra de Ulver”, una tenencia del condado Bergidense, cuyas tierras se aglutinaban alrededor del castillo de Ulver, nombre que hacen derivar del latín umber, “carnero salvaje”. El único problema de Ulver, es que nadie sabía donde se encontraba situada tal fortaleza templaria, muy bien documentada pero en paradero desconocido. Ateniéndose a los lugares que dependían de dicho castillo: Salas de la Ribera, Borrenes y Priaranza, el candidato más probable para ser identificado con Ulver, era Cornatel, de cuyo nombre no existían referencias anteriores a la extinción del Temple. Hasta que, tras muchos años de estudio e investigación, el historiador Augusto Quintana Prieto, descubrió las pruebas escritas que respaldaban la “credulidad del populacho” y “de algunos intelectuales”, y le daban carta de naturaleza. Dichas pruebas, publicadas hacia 1950, se encuentran en el Cartulario de San Pedro de Montes, donde se cita el castillo de Ulver en 1065: “doy una heredad mía en el lugar de Borrenes, en Territorio del Bierzo y junto al castillo de Ulver”. Al lado, un monje acabó escribiendo esta “marginalia” aclaratoria: “Ulver, es castillo de Cornatelo”. Ya no había duda alguna, el Ulver que los documentos antiguos ponen en manos de los templarios, es aquel Cornatel que la tradición popular atribuía a los caballeros del Temple. Su origen, todavía no dilucidado, está en algún castro céltico-astur, transformado en castrum romano fortificado que, durante los ss.I y II, protegiera militarmente el yacimiento minero de las Médulas. Ignoramos su devenir tras las invasiones bárbaras, ya que en tiempos visigodos parece quedar relegado a un segundo plano, pero posteriormente reaparece como puesto defensivo frente al avance árabe, y en los ss.X-XI se lo nombra como destacado “castellum” del reino de León ante los musulmanes. De 1093 a 1109 tuvo la tenencia de Ulver la condesa Jimena Muñiz, amante de Alfonso VI, y abuela del primer rey de Portugal, Alfonso I Enríquez*. Luego recaerá en manos de diversos nobles, especialmente del linaje Froilaz, hasta que a comienzos del s.XIII pasa a poder del Temple. En Ulver las fechas bailan una danza confusa. La documentación señala que, en 1196, está en manos del noble Pedro Canada, y en 1213 ostenta su titularidad el Concejo de Ponferrada. De ahí que algunos aventuren que el Temple entró en posesión del castillo hacia 1198, poseyéndolo hasta 1204 cuando Alfonso IX les obliga a entregar las posesiones bercianas. Otros, barajan una fecha comprendida entre 1218 y 1228, en concordancia con adquisiciones posteriores a la devolución, en 1211, de los bienes retenidos por la Corona durante esos siete años. Luego, hasta el fin de la Orden en 1312, la historia templaria de Ulver transcurre silenciosamente. Los caballeros administran sus posesiones en Salas de la Ribera, Borrenes, Priaranza, y algunos más. Protegen el paso de peregrinos, auxiliando a los enfermos en sus hospitales, controlan las rutas de los mercaderes, y reprimen el bandolerismo. A la disolución de los Templarios, las posesiones bercianas de la Orden, entre ellas Ulver, pasaron a poder de la Corona, que acabó entregándolas a la poderosa estirpe de los Condes de Lemos, hacia 1340. Estando en manos del despótico Conde de Lemos, Pedro Álvarez de Osorio, tuvo lugar la rebelión galaica de los irmandiños (1467-1469), quienes se aliaran con los bercianos para asaltar el castillo, que resultó devastado. Fracasada la revuelta, Ulver, que desde 1378 ha cambiado su nombre por Cornatel, es reconstruido. Pero ya no recuperará su esplendor de antaño. A partir del s.XVII, sufritá un progresivo abandono, culminando en el s.XIX. Cuando a partir de 2004 se inicie su proceso de restauración, los siglos de ruina y saqueo lo habrán privado de sus elementos más señeros, impunemente expoliados por saqueadores de todo pelo.

El castillo templario, tras la reconstrucción del Conde de Lemos en el s.XV. [Plano, por cortesía de: http://www.nrtarqueologos.com/excavacion-arqueologica-en-el-castillo-de-cornatel-leon/]. La estructura fortificada de Ulver, se adapta al irregular peñasco alargado sobre el que se alza, a fin de aprovechar la defensa natural que su escarpada orografía le proporciona. Su cara nordeste, por ejemplo, apenas requiere muros, pues se alza sobre un vertiginoso despeñadero. Esta circunstancia, se explota para situar ventajosamente el acceso mediante un estrecho sendero, conocido como “rampa mulera”, que al estar encajonado entre el precipicio y el muro norte, proporciona una defensa óptima de la retranqueada portada principal. Sobre el arco de dicha puerta, un hueco delata que de allí ha sido arrancada una gran pieza de piedra, o varias: Parece que este misterio nos lo aclararía la descripción que, de Ulver, hizo el cronista oficial de León, don Mariano Domínguez-Berrueta (1871-1966), quien a inicios del siglo pasado alcanzó a ver allí la desaparecida piedra armera, que describe de esta guisa: “Una piedra marcada con la cruz Tau, y la divisa ‘Dominus mihi custos et ego dispersam inimicos meos’, encerrada en dos cuadrados enlazados, conteniendo además una rosa y una estrella”.

[El símbolo tallado en una dovela del castillo de Ponferrada, según lo dibujó el investigador José Mª Luengo a partir de un cuadro de 1840. Don mariano Berrueta, afirma haber visto idéntico símbolo en Ulver]. Sin embargo, el enigma no sólo no se aclara sino que se complica. Porque dicho símbolo, y la inscripción que lo acompaña: “Sea Dios mi custodio y yo dispersaré a mis enemigos”, aparecen también en el castillo templario de Ponferrada. Es decir, aparecían, según podemos ver en un cuadro realizado hacia 1840 por Lorenzo Fuentes, conservado en el Museo Arqueológico de León. En esa obra pictórica, ante una fortaleza maltratada, pero todavía bien conservada, se aprecia en el suelo una dovela con idéntico símbolo al de Ulver. ¿Estamos ante una divisa del Temple? ¿O es acaso el blasón del señor feudal de Ulver y Ponferrada? Son escasos los documentos conservados, de los casi cien años que la Orden permaneció en posesión de esta fortaleza, dependiente de la Encomienda de Ponferrada. Por el contrario, Ulver-Cornatel, resulta abundante en leyendas y tradiciones populares, en las que se funden viejos mitos célticos con recuerdos templarios y tradiciones de los feroces señores de Osorio. En los filandones, al amor de la lumbre, contaban los vecinos del contorno, que un “encomendador” de Ulver gustaba de pasear cada día hasta cierta fuente sita en el camino de Villavieja. Allí conoció una misteriosa dama, que llenaba su cántaro y peinaba los cabellos al borde del agua. Tras algunos encuentros, pasó lo que tenía que pasar, y el templario rompió su voto de castidad. Descubiertos los amantes, fueron muertos por los templarios al pie de la fuente, quizá un agosto o un septiembre. Desde entonces, al final del verano, las noches de luna llena, junto al venero de agua se pueden ver los esqueletos de ambos amantes yacer sobre la hierba. Sin embargo, al acercarse el observador, los huesos de la visión se transforman en serpientes que escapan por la espesura. Esto es así porque, según afirman, la bella dama era una Xana… También narraban, durante los magostos, que en la primera luna llena del verano, aparece sobre la cercana Pedra do Home, una misteriosa espada encima de la roca. Dicen ser la espada del último “maestre” templario de Ulver, que se manifiesta en espera del paladín que la tome para defender el honor de la extinta Orden. Y dicen más, que algunas noches, de los calabozos subterráneos escapan lamentos desgarradores, que exhalan las almas en pena de los templarios allí ajusticiados, por los hombres del cruel señor de Osorio, tras su detención...

Por supuesto, no falta la tradición sobre un pasadizo secreto que, por caminos subterráneos, enlaza Ulver con la fortaleza de Ponferrada. Ni las consejas sobre tesoros ocultos, como cierto cofre lleno de áureas monedas, o aquel juego de bolos de oro regalo de la Xana a su enamorado el “encomendador”… Lo curioso, es que el pasadizo existe, pero a poca distancia de su entrada los derrumbes lo obstruyen. ¿Están allí dentro los tesoros que cuentan las leyendas locales? Verdadero o falso, lo cierto es que, durante siglos, los saqueadores han horadado por todo el recinto, sin que sepamos si desentrañaron el secreto, o si los espíritus templarios se los llevaron con ellos. La fortaleza de Ulver, sumergida en la exuberante naturaleza de estos montes olvidados, nos conduce a un tiempo mágico, donde todos los misterios son posibles. Sin embargo, a su lado, humilde y silencioso, pasa el Camino Jacobeo, arrastrando una fe muy antigua, anterior al propio señor Santiago, que trasciende los siglos. Salud y fraternidad.

Rafael Alarcón Herrera. 2012. Todos los derechos reservados.


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*Doña Jimena tuvo dos hijas bastardas con el rey Alfonso VI: la primera, Elvira de Castilla (1081-1156), casó con el conde Raimundo IV de Tolosa; la segunda, Teresa de León (1083-1130), tomó el título de Condesa de Portugal al casar con Enrique de Borgoña, y su hijo Alfonso I Enríquez fue el primer rey de Portugal.

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