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  • Rafael Alarcón Herrera

¡Ábrete... Sasamón!


Las añejas y olvidadas piedras, parecen musitar aquellos filosóficos versos: "A mis soledades voy, de mis soledades vengo. Porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos".


Esta, es la historia de un descubrimiento aplazado y un inesperado chasco. En 1984, encontramos de casualidad, en una librería de ocasión, el magnífico libro del Dr. José Pérez Carmona, Arquitectura y escultura románicas en la provincia de Burgos (1959), obra pionera cuyo prólogo, de Fray Justo Pérez de Urbel, comienza así: "La provincia de Burgos no tiene todavía ni su carta arqueológica ni su catálogo monumental...", dándonos con ello una espeluznante visión del peligroso estado en que se encontraba el patrimonio cultural de aquellas comarcas castellanas. Siguiendo el rastro de aquel trabajo señero, hemos visitado muchos de los templos románicos que allí figuran, aunque algunos de ellos ya han desaparecido, como el precioso ejemplar de San Miguel en Tubilla del Agua. Pocos son los que, al cabo de veinticinco años de andadura, nos quedaban por conocer, entre ellos uno que es reseñado, en la página 262, con esta escueta descripción: "...otra portada tardía es la de la antigua ermita de San Miguel de Mazorreros, muy próxima a Sasamón".

Como un decorado de los cómicos de la legua, abandonado al acabar la representación, el arco de San Miguel semeja el ojo vacío en la calavera de un cíclope, cuyo esqueleto ha pulverizado el padre Cronos.

Por fin, el pasado mes de agosto, caímos por Sasamón en busca de tal ermita y su portada. Lo que allí encontramos, nos dejó de piedra, pues no habíamos visto ninguna foto o descripción del edificio. Ya que, ni siquiera las obras presuntamente más completas del presente, sobre arte románico, citan este ejemplar, y las que lo hacen son tan escuetas como lo fue el pionero sacerdote don José Pérez Carmona. A un kilómetro escaso de Sasamón (Burgos), en el camino que lleva hacia Villahizán de Treviño, existió una villa romana, con un pequeño templo familiar, en la que se halló una inscripción dedicada a Quintia Terencia. Sobre este enclave, se asentó en el medievo la aldea de Maçoferrario*, nombre que indica la presencia de una ferrería, y cuyo núcleo creció al amparo del Monasterio de San Miguel. Actualmente, en dicho lugar sólo podemos ver un extraño arco, al extremo de un campo de cereal. Parece la portada de un importante templo medieval, aunque ahora, desaparecido el resto del edificio, el hueco ojival asemeje la fantasmagórica entrada a una inquietante dimensión, propia de H.P. Lovecraft. Porque allí, ni hay ermita, ni templo, ni edificio alguno, tan sólo las lisas arquivoltas y el desportillado vano de una abocinada portada, que aún en su desolado abandono pretende conservar el aire digno de un hidalgo, empobrecido, pero todavía orgulloso de sus descoloridos blasones. Su silueta, nos evoca aquellos versos, entre surrealistas y tremendos, del poeta Miguel Hernández:


"Cardos y penas llevo por corona, cardos y penas siembran sus leopardos y no me dejan bueno hueso alguno. No podrá con la pena mi persona rodeada de penas y de cardos: ¡cuanto penar para morirse uno!"


Sasamón, la antigua Segisama, "la más fuerte", fue capital de los celtíberos turmogos hasta su conquista por Roma. En este lugar, instaló Octavio Augusto su campamento para dirigir la guerra contra cántabros y astures. La ocupación romana dio categoría al lugar, que llegó a contar con foro, teatro, termas, calzadas con sus puentes, etc. Pasados los tiempos turbulentos de las invasiones bárbaras y musulmanas, el lugar se fue recuperando, poco a poco, y al comienzo del medievo la proximidad al Camino Jacobeo hizo crecer su importancia. Tanto, que se erigió en obispado, citándose en 1059 el obispo Munio, y en 1100 al obispo Pedro Paramón, quienes levantaron la primitiva catedral románica. Aunque, en 1128, Alfonso VII traslada el obispado a Burgos, su grandeza no decae, pues poco después de tal fecha se sitúa la llegada de los Templarios, cuyas posesiones, entre ellas un Hospital de Peregrinos, dependerán de la cercana Encomienda de Villasirga.

Extraña puerta, por la que entrar es salir, todo al mismo tiempo. Extraña puerta, que nada guarda, que nada esconde, salvo el misterio de continuar existiendo. Sasamón alcanzó su cenit entre los ss.XII y XIII, cuando se edifica la catedral románico-gótica de Santa María la Real, hacia la que se desviaban muchos peregrinos jacobeos por la fama milagrosa de Nuestra Señora. Tras las crisis de siglos posteriores, el lugar vivirá la aurea mediocritas de un rico enclave agrícola. Por desgracia, en la Guerra de Independencia, todos sus tesoros fueron prácticamente aniquilados. Tropas napoleónicas y guerrilleros españoles, compitieron por arruinar y saquear el lugar. Llegados en 1808, los franceses se instalaron en Sasamón durante cuatro años, la catedral se convirtió en cuartel de las tropas de ocupación, el claustro fue transformado en cementerio y lugar de fusilamientos, y la sacristía se habilitó como burdel. Los lugareños colaboraron con los ocupantes, unos voluntariamente y otros obligados, luego, en venganza, los guerrilleros españoles de Santos Padilla remataron la faena, saqueando lo poco que habían dejado los franceses, al considerar que los habitantes de Sasamón eran "afrancesados" que había colaborado gustosos con el enemigo. El pueblo y el magnífico templo que hoy contemplamos, incendiados ambos en 1812, son tan sólo una leve sombra desvaída de su pasado esplendor.

Grandiosa e irreal, como un mendigo harapiento tocado con corona real, o un monarca engalanado de harapos. Esta portada trata de engañarnos, con los restos de su belleza, y nosotros deseamos ser engañados... Pero no fue la Catedral de Santa María la Real, el único tesoro destrozado. En las proximidades de Sasamón, se perdió otra pieza excepcional del arte y simbolismo medieval. El lugar que hoy conocemos como Mazarreros, se afianzó cuando a fines del s.XI se levantó allí un pequeño monasterio, documentado desde 1068. En dicho año, la condesa Momadona concede al obispo de Sasamón el Monasterio de San Miguel de Mazoferrario: "in Maçoferrario concedo monasterium S. Michaelis", donación completada en 1071 cuando le concede sus propiedades patrimoniales en ese lugar. Cuando Alfonso VII (1065-1109) disolvió el obispado de Sasamón, otorgó al obispo de Burgos las posesiones que la diócesis suprimida tenía en San Miguel de Mazarreros.

La imaginación se extravía al contemplarla, notamos que trata de absorber nuestro pensamiento racional, pero aunque su ojo sin pupila nos hipnotice, el vacío que la acompaña se hace palpable y nos inquieta. El poderío económico del monasterio cisterciense, basado en la explotación agrícola, y en los peregrinos que atraía haciendo la competencia a la Catedral de Sasamón, motivó que, en el s.XIII, Mazarreros fuese cabeza de un Arciprestazgo, como consta en una escritura del Monasterio de Valcárcel. Esta pujanza, permitió a los monjes agrandar el edificio, entre los ss.XIII y XIV, consiguiendo un templo ricamente labrado y lleno de excelentes elementos artísticos. Sin embargo, las crisis que asolaron Castilla, durante el s.XV, motivaron que su importancia fuese decayedo, de modo que, a fines de dicho siglo, el lugar acabó por unirse a Sasamón, como un barrio más. Al inicio del s.XVI, el monasterio estaba abandonado y muchos habitantes de Mazarreros se trasladaron al vecino Sasamón. A éstos, el prelado burgalés, les dio los solares de propiedad episcopal, que antaño habían sido de los Templarios, para que edificasen sus viviendas. ¿Acaso porque el Temple, con posesiones en Sasamón, había tenido algo que ver con Mazarreros? ¿O fue pura casualidad?

Hay un vértigo, casi cósmico, en la elevación de sus arquivoltas, en el giro de esos arcos hacia la nada, hacia el vacío azul del infinito cielo castellano. En 1504, en la Catedral de Sasamón se abre la portada de San Miguel, en el costado sur de las naves, que hoy da acceso al Museo Parroquial. Parece ser que fue costeada por los vecinos de Mazarreros, en agradecimiento por la buena acogida que les dio el pueblo de Sasamón, cuando su traslado a la villa. Consta de un elegante arco conopial, flanqueado por dos agujas góticas, entre las cuales se cobijan cuatro estatuas con dosel: san Juan Bautista, san Juan Evangelista, el obispo burgalés Pascual de Ampudia y Fernando el Católico. Sobre todos ellos, la imagen de san Miguel. La puerta se divide en dos por un parteluz, coronado por el escudo de los Reyes Isabel y Fernando, con una cartela gótica: "Esta portada y capilla se acabaron el año de mil e quinientos e quatro años".

La piedra se hizo leyenda, o la leyenda quedó petrificada, o todo a la vez, no lo sabemos, porque la turbación que nos producen sus carcomidos capiteles, nos impide leer lo que el cantero dejó allí escrito para asombro de los siglos. Se sospecha que algunas de tales esculturas, si no todas, pueden proceder del templo de San Miguel de Mazarreros, porque desde el éxodo de sus habitantes, y especialmente desde el s.XVI, monasterio y templo comenzaron a ser desmantelados. Una parte del santuario se habilitó como ermita, y el resto quedó como cantera, de la que todos tomaron cuanto quisieron. Con sus sillares, se construyeron los contrafuertes de la nave sur de la Catedral de Santa María la Real que, una vez cerrados, se convertirían en las cinco capillas que conocemos, incluida la puerta de acceso, o de San Miguel. La ermita de San Miguel de Mazarreros, continuó existiendo como tal hasta comienzos del s.XIX, puesto que, en 1793, se pagaron 823 reales por el ladrillo, cal, tejas, canalones, clavos y demás materiales para su reparación, trabajos realizados por el "Magister maçonero Gaspar Rayón".



Sin embargo, el edificio de Mazarreros estaba condenado. La invasión napoleónica (1808-1812), dejó muy maltrecha su menguada estructura, y las sucesivas desamortizaciones (1793-1924)**, terminaron por arruinarlo. En 1913 se construye el nuevo cementerio, en la carretera de Villasidro, empleándose para ello los últimos sillares procedentes del ruinoso templo-ermita de San Miguel, saqueado por los franceses, quedando prácticamente reducido al estado en que ahora se encuentra. Un misterio final rodea el desaparecido edificio. Se dice, que el templo de San Miguel de Mazarreros tiene una cripta oculta, desde la que parte un pasadizo subterráneo, que llega hasta la Catedral de Santa María la Real, en Sasamón, o hasta las casas del Temple... ¿Qué ignoto "ábrete Sésamo" nos flanqueará el paso hacia su perdida historia, hacia sus escondidos secretos? ¿Será, quizá, un mágico "ábrete Sasamón"? Salud y fraternidad.

© 2012 Rafael Alarcón Herrera.

Todos los derechos reservados ________ * A lo largo de la documentación medieval y moderna, el topónimo evoluciona: Maçoferrario, Mazoferrario, Mazarreros, Mazorrero, Mazaferos, Macuerro, Mazariegos, Mozorreros. Pero el más antiguo, Maçoferrario, es quien señala su origen en la existencia de una "ferrería": mazo-ferrario. ** Las desamortizaciones fueron cuatro, dividida cada una en varios periodos de aplicación: Godoy (1793-1795), Trienio Liberal (1820-1823), Mendizábal y Espartero (1835-1844), y Madoz (1855-1924). Todas fueron igual de nefastas, por una u otra razón, para el patrimonio cultural hispano.

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